“El mundo entero, toda la inmensidad del universo revela
la
sumisión pasiva de la materia inanimada,
sólo la vida es el milagro de la
libertad.”
Vassili Grossman
La misma complejidad que hace posible desenredar,
también puede llevar a enredarse más. En la corta historia de la especie
humana, lo que llamamos inhumanidad ha crecido junto a
la humanidad como la cizaña crece junto al trigo. La diferencia
práctica es que a la cizaña hay que esperar para verla crecer, para
diferenciarla del trigo; mientras que el mal es mucho más difícil evitarlo o
protegerse de él cuando se le deja crecer.
En mayor o menor medida nadie escapa al mal, sea éste del
tipo que fuere. Breves o duraderos, leves, moderados y gravísimos males parecen
acechar de continuo al hombre entre “chinescas sombras”, aguardando el momento
oportuno para abalanzarse sobre su desprevenida presa y sacarle, cuanto menos,
del aparente estado de ilusoria felicidad en el que se encontraba, tal vez, un
solo instante antes.
Dolor, sufrimientos más sutiles o intensos, enfermedad,
crimen, guerra, terremotos, maremotos, plagas, pestilencia, tortura, muerte
finalmente, nada vivo o aun inanimado parece poder huir de las afiladas garras
del mal o de la destrucción si la entendemos como tal. Es, por tanto, común, si
bien en distinto grado, la experiencia del mal en la vida del hombre, lo que a
la par pone en cuestión la posibilidad de una “buena vida” que merezca la pena
ser vivida y exige redoblar los esfuerzos intelectuales para replantear, sea
desde la razón o desde la fe o de cualquiera de todas sus posibles mixturas
intermedias, los caracteres que debería atesorar esa ‘buena vida’ para intentar
salir así, de manera al menos un poco digna, de semejante atolladero.
Por tanto, constituye el mal y el bien, un asunto de plena
vigencia tanto ahora en la era contemporánea como en la antigüedad, en el Medievo
como en la era moderna.