En aquella época yo era joven aún y una vez comenzada la misa de réquiem el ruego por el espíritu de mi padre comenzó a reverberar con eco difuso entre los oyentes. Flores, cantos, llantos y muchos pésames daban el contexto perfecto para oficializar la muerte. La verdad existencial de la propia muerte que precede a cualquier evidencia empírica de ella misma, no anula, sin embargo, su vida como algo excepcional y extraordinario. Esa muerte para mí no era la muerte de un alguien, sino una muerte que trastornaba mi mundo, así como el fallecimiento de cada cual es una muerte inimitable y única en su género, porque afecta la existencia irrepetible e insustituible. La conceptualización de esa muerte me arrebató de la dictadura anónima de la cotidianidad.
Completamente distante decidí dejar la primera fila donde se acostumbra a exponer a los deudos para que miren en primer plano al cura, las flores y el ataúd. Me puse de pie, caminé hacia un extremo y me quedé parado escondido a solas atrás de un pilar, y, similar a mi gesto, mi abuelo Lucho se levantó de su asiento y se acercó a mi lado caminando suavemente, despacio y en profundo silencio se paró a mi lado, y sentí su hombro junto al mio, sin palabras, sin gestos, erguido y fúnebre se quedó ahí.
Hoy han pasado casi cinco décadas de ese réquiem y
más de cuatro desde la partida de mi abuelo. El recuerdo se ha pixelado hoy, las heridas ya están casi cerradas y una tenue cicatriz por mandato cubre el momento distante, muy pocas
fotografías, muy poco de todo pero paradójicamente el silencio de mi abuelo aun resuena en mi
alma.