“Vale más
ser completamente engañado que desengañado.”
William Shakespeare
Antes de
hablar del préstamo, en primer lugar
habría que hablar de la cosa prestada. ¿Se presta poder? claro! La cantidad de
poder es variable. Por eso hay democracias absolutas como la de la primera hora
de la revolución francesa; y democracias templadas como la suiza ginebrina, dependerá
de que se presten todos los poderes, o sólo unos pocos, más o menos
restringidos. Esto es interesante porque matiza mucho entre clases y clases de democracia,
las diferencias que provoca el instrumento transmisor del poder. Por ejemplo…
si se ha de prestar una cantidad de dinero, da lo mismo que se haya de hacer el
préstamo en una u otra divisa, con tal de que se mantenga la igualdad en el
cambio monetario. Pero bien sabemos todos que no es así. Que no es igual
prestar o devolver en España un millón de marcos que setenta millones de
pesetas, aunque sean un valor equivalente al cambio. Lo mismo pasa con el orden
democrático.
En una
democracia se pacta un préstamo de poder entre un prestador y un prestatario. Pero
¿en qué moneda? Pues bien, diría que en nuestro tiempo el poder democrático se
presta en tres monedas, llamadas votos, confianzas y mayorías. Basta oír a cualquier
líder demócrata justificar su poder, para deducir que siempre alega lo mismo: “Puedo
hacer y hago dicen siempre porque tengo tantos millones de votos, porque tengo
la confianza de la Cámara, porque tengo la mayoría de los delegados…”