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miércoles, 30 de enero de 2019

LÁGRIMAS

“Una lágrima, pero solo una”



Pocas manifestaciones emocionales tienen tanta fuerza expresiva, motivadora y en ocasiones perturbadora como el llanto. Aunque es un comportamiento humano universal, y de seguro ninguna persona adulta puede negar que haya llorado unas cuantas veces por causas emocionales a lo largo de su vida, la mayor parte de gente tiene una actitud ambivalente ante el hecho de llorar.


Por un lado, se identifica la relación de las lágrimas con el alivio, aunque sea momentáneo, de los sentimientos que las provocan, sobre todo si es sufrimiento; por otro, el llanto se suele considerar algo que hay que contener, regular y disimular en un alto número de circunstancias.

Por ejemplo, en una encuesta aplicada a treinta y dos personas de diferentes edades, aunque pertenecientes a un grupo social similar, la mayoría admite sentir alivio, desahogo, y algunos incluso una sensación agradable de relajamiento y sueño después de llorar; pero muchos de ellos refieren llorar a solas o delante de personas de extrema confianza, y casi siempre se contienen y tienden a ocultar sus lágrimas en todo lo que sea posible.

Si bien los procesos del llanto se pueden explicar y comprender desde un punto de vista fisiológico y psicológico, existe una serie de variables que parecen tener estrecha relación con los sistemas de valores, la cultura y los condicionamientos impuestos por diversos grupos sociales en determinadas épocas de la historia.
Como el nombre indica, las lágrimas emocionales son aquellas que nacen de emociones intensas. Según el portal de Internet del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, una emoción es una “Alteración del ánimo intensa y pasajera, agradable o penosa, que va acompañada de cierta conmoción somática”.
Según el psicólogo ítalo-argentino-colombiano Walter Riso, las emociones pueden catalogarse como un “subproducto arcaico del cerebro” y como tales, están emparentadas con procesos muy antiguos de interacción con el medio y defensa de la propia integridad física. Riso habla de dos tipos de emociones:

Primarias
“Las emociones primarias son aquellas con las que nacemos. Son naturales, no aprendidas, cumplen una función adaptativa, son de corta duración y se agotan a sí mismas. Las más importantes son el dolor, el miedo, la tristeza, la ira y la alegría, cada una con funciones particulares que facilitan la adaptación de la persona a cierto tipo de cambios y situaciones, así como su interacción con el medio.

Secundarias
"Son aprendidas, mentales, y aunque algunas de ellas, bien administradas, puedan llegar a ser útiles, no parecen cumplir una función biológica adaptativa. Son defensivas o manifestaciones de un problema no resuelto, y casi siempre implican debilitamiento del yo”, dice Riso

Que estas emociones pueden considerarse prolongaciones mentales de las emociones primarias, El dolor, la información corporal que nos permite saber cuándo un órgano anda mal, se extendió a supuestos “órganos mentales” y nació el sufrimiento.
El miedo, el encargado de protegernos ante el peligro, se trasladó anticipatoriamente y creó la ansiedad.

La tristeza, que permite desactivar el organismo para su posterior recuperación, se generalizó en un sentido autodestructivo en lo que se conoce como depresión psicológica.
La ira, la principal fuerza interior para vencer obstáculos, se almacenó en forma de rencor y sentimiento.
La alegría, la más poderosa e importante de las emociones, fue duramente restringida o convertida en apego al placer. (Riso, 1997: 24)
Las lágrimas emocionales también dejan una visible huella en el rostro de quien ha llorado. De igual manera, estas señales suelen funcionar como una evidencia y muchas veces son las que dan cuenta de la intensidad y duración del llanto, incluso cuando la persona se ha preocupado de disimularlo.
Por estas características se podría decir que el llanto, a más de ser un proceso fisiológico de  depuración orgánica ante las emociones intensas, es también un medio de comunicación.

Las lágrimas de angustia, de miedo, de inquietud que expresan valores amenazados por el mundo intruso;  las lágrimas del deseo insatisfecho que expresan valores irrealizados o irrealizables; las lágrimas de la desesperación que expresan valores irrealizables; las lágrimas de tristeza, de duelo que expresan valores perdidos. Según Stern, entonces, el llanto proviene de una valoración de un objeto, de un deseo, de un anhelo o de una relación que se ha perdido (lágrimas de duelo y tristeza), que tememos perder (lágrimas de angustia y miedo), que sabemos imposible de alcanzar (lágrimas de desesperanza y deseo insatisfecho) o, me atrevería a agregar, que sorpresivamente alcanzamos, en la  realidad o la imaginación (lágrimas de alegría o de emoción).






CONFESIÓN

“…Me confesó la luna
que nunca tuvo amores
que siempre estuvo sola
soñando frente al mar …”

Anoche hablé con la luna
Antonio Machín  

Gran parte de la humanidad está incapacitada para vivir en soledad, muchos dependen de otros porque resulta más fácil repetir. Cuesta indagar por uno mismo, no queremos trabajar interiormente. La soledad abruma, aplasta y no sabemos cómo hacer para vivirla.
¿Qué es la soledad? La respuesta está en cada uno de nosotros. Hay una carencia espiritual muy grande en nuestro centro, poblado de añoranzas, instalado en el ayer. Nunca nos sentiremos abandonados si en nosotros existe lo otro, aquello que nos brinda el bienestar del alma.

Los bienes materiales no sirven más que para acumularlos y jamás podrán llenar el enorme vacío incubado por carencias. La sociedad entera se encuentra inmersa en un frenesí alocado de satisfacciones personales, donde prima el consumismo atroz y desmedido que nos lleva a la depredación. El hombre es un ser auto-depredador.

La soledad asusta, es un fantasma vivo reflejado en el espejo cotidiano y por eso deseamos negar la imagen que nos devuelve en compañía de otros, andar como si fuésemos manadas, todos enfilados hacia un mismo lugar. Millones y millones de personas creen estar acompañadas aún cuando recorren los grandes centros comerciales. Nos vamos de vacaciones a idénticos lugares, apiñados, por no querer estar solos. En el fondo sentimos miedo.

Cuando comprendemos el verdadero valor de vernos a nosotros mismos tal cual somos, sin ataduras mentales ni espirituales, allí se revela la cuestión central de todo nuestro dolor. Al no contemplar la realidad de lo que nos afecta siempre estamos escapando de lo que nos pasa. Huir es más fácil a tener que enfrentarnos ante un hecho concreto. Muere un ser querido y no estamos preparados para convivirlo con su ausencia. La sociedad no nos enseña a desprendernos, nos educan para ser prácticos, eficaces y generar ganancias materiales. Por eso reina tanta tristeza a nuestro alrededor, no sabemos cómo vivir ni de qué manera afrontar la propia soledad. Escapamos constantemente, nos evadimos en distracciones por no querer estar solos, reconociendo las voces que albergan nuestra esencia. Para la sociedad occidental la muerte es un espanto, sin embargo es una forma de aprendizaje reveladora que nos hace disfrutar al máximo de la vida. La persona que queda comienza a sufrir intensamente el martirio de su soledad, el dolor ocasionado por la pérdida que destroza su capacidad de discernir, no puede asimilar, no entiende el desapego. En realidad no podemos estar apegados a nada ni a nadie, incluso yo mismo puedo dejar de escribir y morir ahora. Por eso no tendría que ser una sorpresa la muerte de nadie, nos sorprendemos porque no nos han preparado y la mayor soledad es la de quien se queda solo.

La soledad destruye o fortalece, es uno quien decide el camino a seguir. Yo elijo ahondar, fortalecerme y aprender a quedarme junto a ella, introducirme en su maravillosa experiencia y poder descubrir estas palabras que dejo aquí.