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miércoles, 19 de abril de 2023

LA QUERIDA CASA DE MI MADRE

“En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel.
Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías.
Si eso es la justicia, prefiero a mi madre” 
Albert Camus


mi madre

Es la única casa donde puedo ir en cualquier momento sin invitación y sin aviso. Donde puedo poner la llave en la puerta y entrar de inmediato.
La casa que tiene ojos amorosos que miran directamente a la puerta hasta que te ven.
La casa que recuerda los días sin preocupaciones y la felicidad de la niñez, donde nuestra presencia y la mirada en el rostro de mi madre es una bendición y la conversación con ella una recompensa en estos convulsionados días.
La casa que cuando no vamos, el corazón de mi madre que espera se encoge.
La casa donde la luz se encendió para iluminar el mundo.
La casa que recibe y se llena de personas.
Donde el almuerzo y el exquisito café son conversaciones con aires de confianza y amor.
El hogar donde ha habido penas y dolores, pero también millones de risas y felicidad de bebés, niñas y niños, adolescentes, mujeres y hombres.
Dicha, porque esa casa tiene quien nos espere con amor y un abrazo sincero conectado al corazón.
Afortunados

jueves, 12 de septiembre de 2019

LA FELICIDAD

“Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, 

pero si no hacemos nada, no habrá felicidad.

Albert Camus


“No respeto nada en el mundo como la felicidad”

Stendhal

Happy Days - Edward Henry Potthast
1910-1920


La felicidad no se reduce al bienestar afectivo de un organismo adaptado a su medio. El hombre no puede desatender ni su libertad, ni su responsabilidad ante el compromiso voluntario de su acción. Ser feliz supone que el hombre sea capaz de lograr un equilibrio que supere sus contradicciones y sus conflictos. Si el hombre quiere ser feliz, no debe olvidar que la felicidad es el resultado de una conquista primero sobre él mismo y luego sobre un mundo en el que debe tener en cuenta no solamente las fuerzas naturales, sino también a los demás hombres.

Es fácil enumerar las condiciones generales de la felicidad, tal vez se pueda señalar una buena salud, amor, libertad, comodidad económica, etc. Evidentemente estas condiciones generales son necesarias. Si un hombre vive en la miseria física y moral, si su libertad y su dignidad de ser humano no son más que palabras, resulta hasta indecente hablar de felicidad. Pero, la felicidad está más allá de estas condiciones generales, la felicidad se vincula a una apreciación personal, una apreciación subjetiva que varía según la condición social, el grado de cultura, la edad, etc., y ésta es la razón por la cual ella puede ser objeto de discusión. Decir que la idea de felicidad tiene un elemento subjetivo no implica que cada uno de nosotros invente su ideal de felicidad, este ideal se construye según las formas y los criterios que son suministrados por la cultura y la sociedad. La concepción de la felicidad varía según la Época y el tipo de sociedad. Se puede señalar, siguiendo a R. Benedict, dos tendencias fundamentales en las sociedades, una apolínea y otra dionisíaca.

Las sociedades apolíneas ven a la felicidad como un estado duradero, un equilibrio que es el resultado de la reunión armoniosa de varios valores que definen lo que es bueno, bello y útil; un estado de bienestar del espíritu y del cuerpo, ligado al apaciguamiento de los conflictos interiores, a la conquista de un equilibrio personal.
Las sociedades dionisíacas, en cambio, buscan un estado de felicidad salvaje, placeres tan diversos como numerosos. En las sociedades dionisíacas los placeres no procuran una saciedad definitiva, su búsqueda es infinita. El recuerdo de los intensos placeres que conocieran está asimilado a un paraíso perdido, más no saben en qué valores fundar su felicidad futura.

Cuando se trata de sociedades vastas y complejas, estas dos tendencias se mezclan, si bien siempre predomina una. Así, nuestra civilización occidental contemporánea está comprometida con una carrera hacia una felicidad de tipo dionisíaco se suscitan numerosas necesidades que el individuo se esfuerza vanamente en satisfacer, pero trata a menudo de aplacar su malestar reencontrando los valores apolíneos: vida simple y tranquila, búsqueda de un equilibrio interior. Junto a esta tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo existen otros factores que determinan lo que una sociedad entiende por felicidad. Las circunstancias históricas son un ejemplo de ello: durante un período de calma, de seguridad y de abundancia, no se considera la felicidad bajo el mismo ángulo que durante los períodos de guerra o de penuria. Además, en una misma sociedad, la idea de felicidad cambia según las clases sociales. La sociología nos enseña que existe un umbral de miseria por debajo del cual el individuo ya no tiene ninguna idea de lo que se puede llamar felicidad. Esta relatividad de las concepciones acerca de la felicidad explica, en gran medida, el halo de oscuridad que envuelve esta noción.

La felicidad está ligada al tiempo, exige estabilidad y continuidad. Pensar que la felicidad puede llegar a acabarse es viciar el momento feliz que vivimos, con la angustia de que cesará. Este carácter temporal permite distinguir entre felicidad y placer. Felicidad no es placer, ya que este último indica la satisfacción momentánea de una tendencia particular; sigue siendo limitado, superficial y efímero. La felicidad es, por el contrario, la tonalidad global de toda una vida, al menos de un período de ésta y, paradójicamente, es poco común que la felicidad sea vivida como un presente que se eterniza. Si la desdicha entraña el repliegue sobre sí mismo y afina la conciencia de sí, el hombre feliz generalmente se deja vivir sin darse claramente cuenta de su estado, sin interrogarse acerca de la naturaleza de su felicidad. Prueba del carácter temporal de la felicidad es la de que se suele hablar en pasado del tiempo feliz: fuimos felices durante un período de nuestra vida. La felicidad pasada con las desgracias presentes, y nuestro pasado, decantado por la memoria, se ve revalorizado. Y en este pasado sacamos nuevas fuerzas, hasta nuevas razones de esperar. Es entonces en el futuro que proyectamos nuestra felicidad. Vivimos demasiado a menudo el presente de manera pasiva y neutra. La banalidad cotidiana, ni feliz ni infeliz, llena de tareas monótonas, se desenvuelve bajo el modo del aburrimiento, de la distracción o de la espera. Arrastrada por la huída del tiempo, rechazada en el pasado, proyectada en el futuro, la felicidad parece, en efecto, difícil de captar.

martes, 9 de abril de 2019

LA MUERTE DE UN HIJO




“La desgracia no habla, solo murmura en el fondo del corazón hasta que lo quiebra.”


“…y, esa pregunta sin respuesta:
Por qué
Tan dulce
Tan pequeño
Tan pronto”


“El tiempo puede echarte abajo
El tiempo puede doblar tus rodillas
El tiempo puede romper tu corazón
Hacerte pedir por favor
Por favor”

Lágrimas del cielo
Eric Clapton



Conversación
Patricio: Hola Ricardo, ¿me contaron que tu hijo había muerto?
Ricardo: Si, así fue.
Patricio: ¿Y… qué edad tenía?
Ricardo: cinco años.
Patricio: Ah! Pero era chico.

Esta conversación real refleja el total desconocimiento que se tiene frente al hecho mismo de la muerte, y más aun de la muerte de un hijo. Pareciera que las personas tienden a relacionar la muerte con el tiempo de convivencia con la persona fallecida. “Ah! Pero era chico” acotó Patricio, olvidando por completo que la muerte es la “anti vida” y la vida no es solo el tránsito a la muerte, sino un mundo lleno de “vida”: Felicidad, sueños, ilusiones, amor… mucho amor, proyectos, amistad, complacencia, armonía, fascinación, etc.
Hablando con padres que han perdido a sus hijos he comprobado que en el caso de las futuras mamás, a la primera presunción de embarazo la idea cobra una extraordinaria vigencia, ellas no cuestionan si el “atraso” es de unas pocas semanas o un mes, sino que valoran la vida que llevan dentro. Están felices desde ese momento soñando con la maternidad. Para los hombres es algo menos visceral evidentemente,  no lo sentimos en las vísceras pero nos impregnamos de sueños compartidos por amor y de vez en cuando nos sorprendemos que nuestra imaginación vague también por la dicha de la maternidad.

La muerte de un hijo, sea esta en el vientre materno, niño, adolescente o adulto,  siempre afecta de la misma forma a los padres como a los miembros de la familia. Cada persona expresa el duelo de maneras muy diferentes. Todos los seres somos diferentes, por lo mismo sentimos la pérdida de modos distintos y tratamos de superar su duelo de forma diferente.
La muerte nunca pasa sin hacerse notar, destaca entre todos los horrores, por esto; después de su flagelo, nada será igual. Habrá que reordenar la hecatombe y armar nuevamente el castillo de naipes. En esta nueva normalidad, donde siempre habrá un antes y un después, la ausencia será presente y queramos o no, tendremos que acostumbrarnos a vivir con ella.

Tiempo
Duelo
Tiempo que pasa muy lento.
Duelo que no pasa.



Momificando el hijo en la memoria
La pérdida de un hijo se revela como un sufrimiento intenso y complejo, esto sucede porque la intensidad de la sintomatología y duración del proceso de luto frecuentemente difiere de los procesos de luto por otros tipos de pérdida. Para las madres, los sentimientos y el sufrimiento por la circunstancia de la muerte de los hijos son preservados y revividos en cada recuerdo. Inclusive cuando ocurrieron hace mucho tiempo. En las terapias cuando se les pregunta a las madres por el tema, cada una de ellas relata minuciosamente cada detalle del caso ocurrido con su hijo y describe la secuencia de los hechos en presente, con recuerdos de horarios, ropas, diálogos y deseos del hijo antes de morir, en este sentido los relatos revelan el persistente estado de unión, del vínculo de amor establecido con el hijo que murió, lo que genera elevados niveles de angustia. En la mayoría de los casos los discursos de las madres revelan que esas memorias son insoportables.
A pesar de no aceptar la muerte de los hijos, las madres no demuestran apego a objetos y pertenencias, o a la negación de la muerte del hijo, sin embargo, y es importante destacar; el apego a la memoria es de intensa magnitud, sobretodo en relación al hijo, las cuales son revividas intensamente, no importando cuanto tiempo haya pasado. Lo anterior hace pensar en una momificación de la memoria materna, que conduce a las madres a la desesperación y a una situación que no puede ser sustentada, pero también significa la preservación viva de un vínculo saludable con su hijo. Esa momificación en la memoria se revela como el retorno del hijo al útero materno, para la protección y privacidad de sentimientos maternos nobles y delicados. Esta momificación no significa la negación de la muerte del hijo, más bien demuestra una profunda unión afectiva.



Al margen de nuestra edad, todos tenemos sentimientos de duelo cuando fallece alguien a quien amamos. La mayoría de los padres, si no todos, afirman que la muerte de un hijo es una de las experiencias más devastadoras de la vida. El duelo es una experiencia dolorosa pero necesaria. Se trata de un proceso muy personal. De esta tragedia nadie puede ayudar a “salvar” a un padre o una madre, es el padre y la madre solos, ellos mismos los que deben salvarse.

El amor nunca muere
Así como los padres de los niños que aún viven aman incondicionalmente a sus hijos siempre y para siempre, también y del mismo modo lo hacen los padres en duelo. Por este motivo se hace necesario decir y escuchar su nombre, lo mismo que el resto de los padres que no lloran por la pérdida.
Porque los padres de hijos muertos los aman incondicionalmente.
Hasta el último día de vida.

El duelo para toda la vida
Está bien claro! No existe modo de superar el dolor por la muerte de un hijo. El dolor dura para siempre, porque el amor es para siempre.
La pérdida de un hijo no es un evento finito, es por el contrario una pérdida continua que se despliega minuto a minuto a lo largo de toda la vida, y que es recordada por cada evento, por cada circunstancia vital, por cada hito de crecimiento que ya no será y que pudo haber sido.


Pareciera paradójico, pero es la entrada al club de las almas brillantes. Ojalá nunca hubiese sido así, habría sido mejor no entrar a este club, desde luego, pero una vez dentro te das cuenta que hay muchos y muchas ahí, mujeres y hombres de corazón roto que valientemente se ponen de pie o por lo menos tratan de hacerlo. Con ellos hablas y entienden, y a nadie importa si tu hijo tuvo un mes o muchos años de edad.
Nadie te dirá: “Ah! Pero era chico.”