miércoles, 18 de septiembre de 2019

PERRO



“No me fío de nadie en mi vida, excepto de mi madre y de mis perros.”
Cheryl Cole




“Los perros son sabios. Se arrastran a un rincón tranquilo 
para lamerse las heridas y no vuelven al mundo hasta que sanan.”
 Agatha Christie




“Los perros aman a sus amigos y muerden a sus enemigos; 
son muy diferentes de las personas.”
 Sigmund Freud



“Era callejero por derecho propio,
su filosofía de la libertad
fue ganar la suya sin atar a otros
y sobre los otros no pasar jamás.

Era un callejero con el sol a cuestas,
fiel a su destino y a su parecer,
sin tener horario para hacer la siesta
ni rendirle cuentas al amanecer.

Era nuestro perro porque lo que amamos
lo consideramos nuestra propiedad,
era de los niños y del viejo Pablo,
a quien rescataba de su soledad.

Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó,
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.”

Callejero

Alberto Cortez


Los perros son lobos, ya que estos dos animales comparten el 99,96 por ciento de los genes. Con la misma lógica, también podría decirse que los lobos son perros, pero, sorprendentemente, nadie lo dice. Por lo general, se describe a los lobos como salvajes, ancestrales y primigenios, mientras que a los perros se les tiende a asignar el papel de derivado artificial, controlado y servil del lobo. Sin embargo, si nos basamos en las cifras, en el mundo moderno los perros tienen mucho más éxito que los lobos. Un gran número de libros, artículos y programas de televisión sobre el comportamiento canino han afirmado que entender a los lobos es la clave para entender a los perros domésticos. Desde mi punto de vista, la clave para entender a los “perros domésticos” es, en primer lugar, entender a los “perros domésticos”, y este punto de vista lo comparten cada vez más científicos de todo el mundo. Mediante el análisis del perro como animal propio, y no como una versión inferior del lobo, tenemos como nunca antes la oportunidad de entenderlo, y perfeccionar nuestro vínculo con él.

En la mitología griega el perro Cerberos (era un perro monstruoso encargado de guardar las puertas del Averno), conocido también como Can Cerberos, fue representado como un monstruo de tres cabezas al cuidado de las puertas del inframundo. Más tarde figura en el Canto VI del Infierno, en La divina comedia, de Dante. Esta percepción monstruosa de lo perruno, visible en las gárgolas medievales y vinculadas a la muerte, tuvo su temprana contraparte en Argos, el siempre leal perro de Ulises, el único que en la obra de Homero mueve la cola y lo reconoce cuando después de veinte años el héroe regresa a Ítaca. Esopo, alrededor del 600 a.C., en sus Fábulas, recurre a perros humanizados y moralizantes como una forma de enseñar. Hay crónicas de la Conquista que mencionan perros participantes en la “empresa”, varios de los cuales, luego de los botines, recibían una paga, como si fuesen soldados, según el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo, uno de ellos fue el perro Becerrillo que acompañó al conquistador Alonso de Salazar. Pero será sobre todo a partir del renacimiento europeo y del inicio de la modernidad, que los perros adquieren una presencia literaria sostenida, dando lugar, como ocurre con la novela de Cervantes El casamiento engañoso y El coloquio de los perros (1613), a una tradición de narradores o personajes perrunos en las letras hispánicas.
En la literatura chilena, en Las aventuras de cuatro remos (1883) de Daniel Barros Grez y en Memorias de un perro, escritas por su propia pata (1893) de Juan Rafael Allende, encontramos perros narradores en clave picaresca o perros parlantes que piensan y viven humanamente pero que también se comportan y actúan como perros. Tradición cervantina que se prolonga hasta el perro narrador cibernético, de Indiscreciones de un perro gringo (2007), del puertorriqueño Luis Rafael Sánchez. Otra dimensión cervantina, la Quijotesca, es apropiada por José Fernández de Lizardi en La quijotita y su prima (1815), novela en que se recurre a imaginarios perrunos, pero en clave ilustrada. Incluso E.T Hoffman, autor germano, recreó Las últimas noticias de la suerte del perro Berganza (1814), en que el can cervantino dialoga con el autor pero sin asumir el modelo de la picaresca.

En los últimos siglos la interacción hombre-perro se incrementa considerablemente con la masificación de los perros de hogar. Situación que tiene como correlato una abundante producción ficticia que aborda distintos aspectos de esa relación. En la literatura norteamericana de comienzos del siglo XX, en un notable par de novelas, Jack London lleva a cabo un tratamiento realista y en clave darwiniana del perro, en que relata un viaje de ida y vuelta desde un perro domesticado a su ancestro lobo en El llamado de la selva (1903); y, desde un lobo a un perro casero de la costa de California, en Colmillo blanco (1906). Pero los perros han sido también soporte ficticio de indagaciones de corte filosófico y existencial, por ejemplo, en Investigaciones de un perro (1922), el relato de Franz Kafka en que el narrador fluye entre su animalidad y su humanidad. Registro en que también puede inscribirse, con el agregado de una mirada social, cristológica y con rasgos picarescos, la novela Patas de perro (1965) de Carlos Droguett.
Otra línea es el recurso del tema perruno en la sátira política y humana, registro magistralmente logrado en Corazón de perro, la novela del ruso Mijaíl Bulgakov (1925), relato en que el “hombre nuevo” que propone el socialismo es caricaturizado en la figura de un perro manipulado quirúrgicamente. La novela de Bulgakov, que satiriza el sistema soviético, se diferencia de Rebelión en la granja (1945) de George Orwell, puesto que esta última se rige integralmente por el principio de la alegoría: los animales ,perros incluidos, dejan de serlo en la medida que apuntan a un segundo orden correlativo de carácter histórico-social. También se inscribe en un registro satírico burlesco Indiscreciones de un perro gringo, el testimonio de un perro de la Casa Blanca que presenció los encuentros entre el Presidente Clinton y Mónica Lewinsky (recreados con intertextualidad cervantina). Hay además un grupo de obras autobiográficas o memorialistas que abordan el territorio de lo íntimo con la mirada de un perro, o a través de una relación entre perro y amo: Señor y perro (1918) de Thomas Mann; Flush (1933) de Virginia Woolf; Todos los perros de mi vida (1936) de Elizabeth von Arnim; Mi perra Tulip (1956) de John Ackerley y Cecil (1972), del argentino Manuel Mujica Láinez. Cabe por último señalar que hay un número importante de narradores latinoamericanos actuales que recurren a imaginarios, a motivos o a temas perrunos en clave posmoderna, entre otros, el colombiano Fernando Vallejo en Los días azules (1985), Entre fantasmas (1993) y El don de la vida (2010); el mexicano Mario Bellatin en Perros héroes. Tratado sobre el futuro de América Latina visto a través de un hombre inmóvil y sus treinta pastor belga Malinois (2003) y Disecado (2011). También, aunque en un registro distinto, el cubano Leonardo Padura en El hombre que amaba a los perros (2009).

jueves, 12 de septiembre de 2019

LA FELICIDAD

“Puede que lo que hacemos no traiga siempre la felicidad, 

pero si no hacemos nada, no habrá felicidad.

Albert Camus


“No respeto nada en el mundo como la felicidad”

Stendhal

Happy Days - Edward Henry Potthast
1910-1920


La felicidad no se reduce al bienestar afectivo de un organismo adaptado a su medio. El hombre no puede desatender ni su libertad, ni su responsabilidad ante el compromiso voluntario de su acción. Ser feliz supone que el hombre sea capaz de lograr un equilibrio que supere sus contradicciones y sus conflictos. Si el hombre quiere ser feliz, no debe olvidar que la felicidad es el resultado de una conquista primero sobre él mismo y luego sobre un mundo en el que debe tener en cuenta no solamente las fuerzas naturales, sino también a los demás hombres.

Es fácil enumerar las condiciones generales de la felicidad, tal vez se pueda señalar una buena salud, amor, libertad, comodidad económica, etc. Evidentemente estas condiciones generales son necesarias. Si un hombre vive en la miseria física y moral, si su libertad y su dignidad de ser humano no son más que palabras, resulta hasta indecente hablar de felicidad. Pero, la felicidad está más allá de estas condiciones generales, la felicidad se vincula a una apreciación personal, una apreciación subjetiva que varía según la condición social, el grado de cultura, la edad, etc., y ésta es la razón por la cual ella puede ser objeto de discusión. Decir que la idea de felicidad tiene un elemento subjetivo no implica que cada uno de nosotros invente su ideal de felicidad, este ideal se construye según las formas y los criterios que son suministrados por la cultura y la sociedad. La concepción de la felicidad varía según la Época y el tipo de sociedad. Se puede señalar, siguiendo a R. Benedict, dos tendencias fundamentales en las sociedades, una apolínea y otra dionisíaca.

Las sociedades apolíneas ven a la felicidad como un estado duradero, un equilibrio que es el resultado de la reunión armoniosa de varios valores que definen lo que es bueno, bello y útil; un estado de bienestar del espíritu y del cuerpo, ligado al apaciguamiento de los conflictos interiores, a la conquista de un equilibrio personal.
Las sociedades dionisíacas, en cambio, buscan un estado de felicidad salvaje, placeres tan diversos como numerosos. En las sociedades dionisíacas los placeres no procuran una saciedad definitiva, su búsqueda es infinita. El recuerdo de los intensos placeres que conocieran está asimilado a un paraíso perdido, más no saben en qué valores fundar su felicidad futura.

Cuando se trata de sociedades vastas y complejas, estas dos tendencias se mezclan, si bien siempre predomina una. Así, nuestra civilización occidental contemporánea está comprometida con una carrera hacia una felicidad de tipo dionisíaco se suscitan numerosas necesidades que el individuo se esfuerza vanamente en satisfacer, pero trata a menudo de aplacar su malestar reencontrando los valores apolíneos: vida simple y tranquila, búsqueda de un equilibrio interior. Junto a esta tensión entre lo dionisíaco y lo apolíneo existen otros factores que determinan lo que una sociedad entiende por felicidad. Las circunstancias históricas son un ejemplo de ello: durante un período de calma, de seguridad y de abundancia, no se considera la felicidad bajo el mismo ángulo que durante los períodos de guerra o de penuria. Además, en una misma sociedad, la idea de felicidad cambia según las clases sociales. La sociología nos enseña que existe un umbral de miseria por debajo del cual el individuo ya no tiene ninguna idea de lo que se puede llamar felicidad. Esta relatividad de las concepciones acerca de la felicidad explica, en gran medida, el halo de oscuridad que envuelve esta noción.

La felicidad está ligada al tiempo, exige estabilidad y continuidad. Pensar que la felicidad puede llegar a acabarse es viciar el momento feliz que vivimos, con la angustia de que cesará. Este carácter temporal permite distinguir entre felicidad y placer. Felicidad no es placer, ya que este último indica la satisfacción momentánea de una tendencia particular; sigue siendo limitado, superficial y efímero. La felicidad es, por el contrario, la tonalidad global de toda una vida, al menos de un período de ésta y, paradójicamente, es poco común que la felicidad sea vivida como un presente que se eterniza. Si la desdicha entraña el repliegue sobre sí mismo y afina la conciencia de sí, el hombre feliz generalmente se deja vivir sin darse claramente cuenta de su estado, sin interrogarse acerca de la naturaleza de su felicidad. Prueba del carácter temporal de la felicidad es la de que se suele hablar en pasado del tiempo feliz: fuimos felices durante un período de nuestra vida. La felicidad pasada con las desgracias presentes, y nuestro pasado, decantado por la memoria, se ve revalorizado. Y en este pasado sacamos nuevas fuerzas, hasta nuevas razones de esperar. Es entonces en el futuro que proyectamos nuestra felicidad. Vivimos demasiado a menudo el presente de manera pasiva y neutra. La banalidad cotidiana, ni feliz ni infeliz, llena de tareas monótonas, se desenvuelve bajo el modo del aburrimiento, de la distracción o de la espera. Arrastrada por la huída del tiempo, rechazada en el pasado, proyectada en el futuro, la felicidad parece, en efecto, difícil de captar.

martes, 10 de septiembre de 2019

MALDAD

“El infierno está vacío y los demonios están aquí”
William Shakespeare

 El Primer Duelo o El Despertar de la Tristeza
 William Adolphe Bouguereau - 1888


“Yahveh dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel?

 Contestó: No sé. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?

Replicó Yahveh: ¿Qué has hecho? 

Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo."

Libro de Génesis 4 (9-10)



“Y vió Jehová que la maldad de los hombres era mucha en la tierra, 

y que todo designio de los pensamientos del corazón 

de ellos era de continuo solamente el mal.

Y se arrepintió Jehová de haber hecho hombre en la tierra, y le dolió en su corazón.”

Libro de Génesis 6 (5-6)




Las crueldades padecidas por millones de seres humanos durante el siglo XX no dejan de impresionar: guerras civiles y mundiales, bombardeos que arrasan ciudades, sistemas políticos totalitarios, campos de exterminio, campos de trabajo, bombas atómicas, genocidios, matanzas tribales, atentados terroristas, torturas, persecuciones religiosas, etc. Y no menos en estas dos primeras décadas del nuevo siglo: los medios audiovisuales difunden cotidianamente noticias y reportajes sobre asesinatos, degollamientos, vilezas, perversiones, atrocidades, violencia contra las mujeres, que dejan a centenares de miles de espectadores aterrorizados, indignados, sin aliento, confusos. La contemplación de tanto dolor y sufrimiento, además de conmover, ha originado agudos interrogantes en torno al origen, causas y efectos del mal en la vida humana.

Estamos ante uno de los problemas morales con mayores obstáculos para ser esclarecido por parte de la filosofía. Sin embargo, a pesar de esto, o quizá por ello mismo, la filosofía no puede dejar de analizar la maldad desde diversas perspectivas, todas ellas interconectadas: metafísicas, epistemológicas, religiosas, antropológicas, éticas, políticas e incluso estéticas. El enigma o misterio del mal es uno de los más constantes acicates del pensamiento. Sin las muertes, dolores y sufrimientos que produce la maldad, quizá el filosofar hubiera sido apagado por los avances científicos y tecnológicos. Hay dimensiones del existir en sociedad que provocan persistentes preguntas en torno a la naturaleza humana, a las facultades que la caracterizan, entre ellas la inteligencia y la libertad.
Una de las tareas principales de la filosofía moral y teoría política consiste en ofrecer razones en contra de las incorrecciones, inmoralidades, injusticias y maldades: cotidianas o históricas, superables o imperdonables, sutiles o brutales.
Pero ¿es posible una delimitación conceptual de la maldad humana?
Intuitivamente podemos comprender que remite a aquellas acciones voluntarias de sujetos libres que provocan dolores y sufrimientos injustificados a otras personas en un contexto social en el que suele haber testigos que las reprueban, apoyan o incluso ante ellas se muestran indiferentes. Según esta definición, cabe investigar la maldad desde tres ángulos personales, en parte complementarios:

1.- Quién realiza el mal de modo voluntario.
2.- Quién padece el daño.
3.- Quién contempla la acción malvada.

Lo que Leibniz denomina mal moral puede ser expresado con mayor acierto por quién desconozca la clasificación leibniziana, como que existen malas acciones que pueden alcanzar una cierta justificación en determinados casos. La expresión “mal moral” tal vez sugiere que al igual que hay malas acciones y malas personas tildadas de inmorales, también puede haber malas acciones y malas personas consideradas como morales, es decir, que consiguen alcanzar algún tipo de bien para sí o para otros, a pesar de violar un determinado código ético vigente en un concreto marco social o tradición. El mal moral cabría incluso ser concebido como mal menor, una elección o comportamiento que aunque posee ingredientes de mal, es mejor que otras decisiones o actos, que sí son claramente malvados o injustos. La maldad, sin el adjetivo o calificativo de “moral”. No es necesario. El sustantivo se refiere, por tanto, a las decisiones y acciones que realizan libremente personas y por ello son los responsables, pero con tal grado de perversión y crueldad que constituyen un es cándalo para el común de los mortales, de difícil comprensión, una injusticia imposible, humanamente, de perdonar y subsanar. No podemos abandonar la tarea intelectual de esclarecer por qué los seres humanos libres extienden el mal a su alrededor más de lo imaginable, cuáles son los retos filosóficos que plantea tal sobreabundancia de maldades y dolores inútiles, y cómo se produce su contagio social patente en guerras, masacres y crímenes. De lo contrario permaneceremos sumergidos en una ceguera y pasividad lamentables ante uno de los problemas teóricos y prácticos más complejos a los que se ha tenido que enfrentar nuestra especie desde el inicio de la humanización.


lunes, 9 de septiembre de 2019

PADRE QUE NO ESTÁS

“Mi padre nunca había estado tan cerca de mí 
como en los momentos en que creí haberlo perdido.”

Osvaldo Soriano


“Mi padre, un indio de ojos amarillos,
provenía del lugar donde se juntan cien ríos,
olía a bosque y nunca miraba al cielo de frente, 
porque se había criado bajo la cúpula 
de los árboles y la luz le parecía indecente... "

Eva Luna
Isabel Allende



“Llegará un momento en que, a base de tropezar, 
dejarás de ser hijo para poder ser padre.
Y no sólo de una chica risueña como Aroha.
Aprenderás a ser padre de tus actos y 
de sus consecuencias, es decir, de tu destino. "

El cuaderno de aroha
Francesc Miralles


“Diga a mi padre que quiero regresar a casa... 
Y dígale también que quiero ser su hijo.”

El Padrino
Mario Puzo


“Nada vuelve a estar del todo bien 
cuando un padre muere ¿verdad? 
No importa lo bien que vayan las cosas, 
siempre da la impresión de que algo no está del todo bien... "

Los que nos salvaron
Jenna Blum


El recuerdo se convierte en un obsesivo estampado sobre la tela que representa el nexo entre la vida de una persona y lo que queda de él tras su muerte. Su cuerpo rescatado de la morgue fue vestido y depositado sin delicadeza sobre el paño de seda (o así parecía al menos el que traía la base del ataúd). Antes de esto ya me pareció que su cadáver había sido metido de algún modo en un espacio rectangular especialmente diseñado y construido para muertos. 

Recuerdo haber ido seguido a visitar la lápida, lo único que podía ver. Primero fui con flores, después me conformaba con solo ir y mirar su nombre escrito por un artesano quien lo subrayó con el típico Q.E.P.D. Al pasar los años ya no hubo flores ni tiempo disponible para visitas. Hace poco volví a ir, fui a visitar su tumba y no encontré a nadie, una tumba árida y seca, y yo con poco tiempo para regalar (tal vez para pagar una culpa que ni yo estaba dispuesto a aceptar). Una vez ahí y frente a la lápida busqué el romanticismo en mi mente o lo que estuviese en el lugar destinado para ello, aun ahí solo encontré vacío. No había recuerdos. No había imágenes. No había dolor ni arrepentimiento. 
Pensaba que lo peor de la visita era toparme con los desechos de los vínculos de esa vida que  de cualquier forma ya no estaba. Algo cómo si nunca hubiese tenido un padre vivo.
La contemplación se limitó a bloques de concreto que estaban perfectamente ordenados.
En la lápida de mi padre vi un número inscrito, el número H3421, fue el número que le asignaron en el Registro Civil de fallecidos.

Ese día abandoné el cementerio como lo hice anteriormente en mis visitas, zigzagueando dentro de una densa e infranqueable nube de humo la figura de mi padre. Ese número resonaba en mi cabeza y siguió resonando igual. Hoy mi padre es un número y yo sin culpa no he vuelto a ir.


LA PALABRA

“Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras;
 a la inversa del mal escritor, que dice cosas 
insignificantes con palabras grandiosas.”

Heterodoxia
Ernesto Sábato

“Si he perdido la vida, el tiempo,
todo lo que tiré como un anillo al agua,
Si he perdido la voz en la maleza,
me queda la palabra.
Si he perdido la vida, si he perdido la voz
Si he perdido la voz
Me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre
Todo lo que era mío y resultó ser nada
Si he cegado las sombras en silencio
Me queda la palabra
Si abrí los labios para ver el rostro puro y terrible de mi padre
Si abrí los labios hasta desgárrarmelos
Me queda la palabra.
Si los labios abrí, si me los desgarré
Si he perdido la vida, si he perdido la voz
Si he sufrido la sed, si he cegado las sombras
Me queda la palabra.”

Me queda la palabra
Agua Viva


La palabra no se autonombra, redondea su significado y se conforma imitando su sentido o tratando de hacerlo. Se miran decir, se oyen mirando. Esta posibilidad, el conocimiento es, entre otras cosas, una especie de manual de uso de la lengua, un instructivo semántico para hallar palabras dentro de las palabras.
Para ilustrarlo con un ejemplo se podría decir que la relación en que se encuentran el significado y la palabra es semejante a la que se da entre un cheque bancario en blanco y un billete de papel-moneda. Si bien uno se presenta para ser usado como el billete es dinero efectivo, el cheque posee sólo un valor potencial, no está en el talonario preparado para ser usado, sino que es preciso formalizarlo previamente (asignarle un valor y firmarlo con indicación de fecha y lugar). Así la palabra, como el billete o el cheque formalizado, es la unidad semiológica (signo o conjunto de signos) habilitada para ser usada de forma inmediata. Se guarda en nuestra memoria como un billete en el bolsillo, en espera de ocasión de uso. Si el poseedor de un talonario tuviera la ocurrencia de disponer algunos cheques formalizándolos y asignándoles un valor preciso en espera de una circunstancia de pago, los habría transformado en algo muy parecido a los billetes. De la misma manera se transforman los signos en palabras cuando dejan de ser unidades
semiológicas virtuales con relación al uso y adquieren un valor determinado. Según Ferdinandde Saussure, al lado de las realmente existentes, hay palabras que a la vez existen y no existen o existen sólo en potencia.

De esta idea se puede ensayar una distinción más precisa que consideraría cuatro tipos de palabras en este orden de cosas: virtuales, reales, ocasionales y usuales. Palabra virtual sería aquella que no ha habido, ni se conoce ocasión en que haya sido usada, pero se admite su posibilidad, pues está bien formada con arreglo a los paradigmas y esquemas morfológicos de una lengua, en el caso del español; infradormir es palabra española en este sentido tan buena como cualquier otra.
Palabra real o actual sería la efectivamente usada en un caso determinado, la que en un acto, en una actualidad del hablar, ha hecho su aparición al margen de su condición anterior: es la palabra realmente dicha y sólo mientras es dicha, la palabra viva, plena de todo su sentido que es vinculación a una situación asimismo viva, vinculación triple al que la emite, al otro determinado y a las cosas que nombra. Palabra ocasional es la virtual en el momento de hacerse actual. Su actualidad no le libra de su ocasionalidad, de su uso para una sola ocasión, pues se requieren muchas ocasiones para que adquiera la condición de usual. Entonces circula no solo como moneda, sino como moneda corriente que ha pasado por muchas manos. Es el carácter usual de las palabras lo que les confiere su carta de naturaleza, su condición canónica, y eso es lo que una institución como la RAE exige para incluirlas en el canon de su diccionario. En cierto sentido esta es la verdadera palabra, al menos así considerada en una tradición filológica como la española. Así el itinerario ideal recorrido por la palabra sería aquel que desde la virtualidad pasa a la actualidad ocasional hasta llegar, por reiteración de esa actualidad ya cada vez menos ocasional, a la condición de usual.


jueves, 5 de septiembre de 2019

AL LÍMITE DE LO FINITO


“Tarde o temprano el tiempo surge de nuevo, inexorablemente, porque no hay remedio humano posible contra el tiempo, o al menos no lo conocemos. Entonces los amantes descubren que aunque en la caricia el tiempo no cuenta, Kronos regresará, interrumpirá el beso con su fuerza y les recordará que son seres finitos, frágiles y vulnerables, les recordará que viven a merced del cambio y de la transformación, de la caducidad y de la muerte”


“El hombre es ese ser que se angustia y, es más profundamente hombre, cuanto más profundamente se angustia”.
Sören Kierkegaard


La muerte es una imagen de la finitud humana y el desconocimiento de lo que sucede después de la muerte es una consecuencia de las limitaciones del ser humano; frente a tales limitaciones, frente a la finitud lo único que debe hacer el hombre sabio es reconocerse finito. Será más sabio cuanto tenga más conciencia de lo finito-infinito a partir del reconocimiento de la condición de finitud del sujeto cognoscente. En la filosofía de Sócrates observamos un movimiento pendular desde lo infinito como posibilidad de reflexión a lo finito como clausura, frente a un objeto de pensamiento-conocimiento que no es posible aprender, la finitud humana funciona como una clausura que afirma la ignorancia; podemos decir que no se formula como una clausura a la reflexión en términos absolutos, afirma la ignorancia y eso en  planteo socrático significa más que afirmar o negar algo sobre un objeto que no se conoce o no es posible conocer. La finitud humana se reconoce a sí misma como tal a partir de la formulación y aceptación del postulado de la ignorancia y de la negación de la posibilidad de conocer lo que exista después de la muerte.


PEDIDO

“Nuestra existencia impone reglas que determinan desde dónde y en qué tiempo podemos observar el universo.”


Podrías venir y traerme canciones, de esas que tú sabes que me gustan. O si quieres tráeme un libro de poesía, sería grandioso pintar con sus versos.
Algo de incienso.
Una pluma de ganso.
Podrías llegar temprano, aunque eso es casi nada.
Podrías venir y quedarte. Y recuerda, si me quieres hablar dime, o si quieres callar simplemente hazlo. Para que así nos sintamos lado a lado o acompañes mí tiempo en silencio y que ningún ruido desarme esta torre de naipes que construyo día a día, la que cada vez se desarma más temprano.