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miércoles, 3 de noviembre de 2021

EL TEMA DE LA TERNURA

 “La ternura no es un estado permanente, sino un descubrimiento perpetuo que cada uno de nosotros podemos hacer, no a través de la fragilidad de las apariencias o la rutina de las costumbres, sino en una vivencia consciente y completa del presente. La ternura no nace de lo imposible, sino que engendra 
vitalmente lo posible.”
Jacques Salomé

En realidad la ternura es más que esa sensación que nos evoca un cachorro o un niño pequeño, es una dimensión emocional que configura un tipo de lenguaje que se convierte en una apuesta muy rentable para nuestro bienestar psicológico. La ternura es un campo de interés cada vez más emergente, este sentimiento da un colorido especial a nuestras vidas, tanto que podríamos decir que experimentarlo a diario y hacer que los demás también los sientan actúa en nuestra calidad de vida. Gracias a esta dimensión nos conectamos con el registro emocional donde emerge la calma, la positividad y la confianza, en Japón hay un término que explica muy bien esta realidad psicológica “Kawaii”, dicho adjetivo puede traducirse precisamente como algo que evoca ternura, dicha palabra ha generado la producción de infinitos productos como muñecos, ropa, juguetes, lápices, etc.

"En el pecho materno absorbemos ternura para toda la vida."
José Narosky

Jessica Gall Myrick profesora de la Universidad de Indiana en experimentos con gatitos señaló que visualizar elementos donde los gatitos son protagonistas tienen un poder terapéutico en las personas y genera bienestar psicológico a una buena parte de la población. Otro aspecto sobre el tema de la ternura es la emoción que invita al cuidado y al confort, no se trata solo de un sentimiento que evoca el acariciar a un gatito, la ternura es afecto, es empatía, es un acto que se manifiesta a través de la cercanía y que nos permite mostrar a los demás nuestra parte más sensible y dulce dentro del abanico emocional. Que hablemos de amor sin ternura no es amor. La comunicación necesita ternura así como la sexualidad la convivencia y que la situación por donde transiten las personas reconozca ese vínculo como valioso, los niños y los animales tienen el poder de generarnos esa adorable sensación de ternura que tanto nos gusta.


Cuando Freud teorizaba sobre el amor, la imagen del amor era indisociable del amor romántico y en esta imagen se fundían la idealización pasional, el amor y la sexualidad. De este modo, cuando Freud construye la metapsicología del amor (metapsicología se llama a un conjunto de propuestas psicoanalíticas de Sigmund Freud, mayoritariamente describe cómo se organiza y funciona la mente humana) recurre al mito de Narciso -una historia de amor que culmina en muerte- para hablar del amor. La dinámica amorosa se establece en torno de los procesos de idealización y de los intentos de restauración del estado narcísístico. Estar enamorado consiste en un “transbordar de libido narcisista” sobre el objeto, que es elevado a nivel del ideal. El enamoramiento representa una vía inmediata de acceso al ideal y a la omnipotencia narcisista. El investimiento libidinal del objeto amado torna el Yo enamorado frágil y dependiente del amado. El trabajo de idealización otorga al objeto virtudes y perfecciones imaginarias, dejando “ciego” al Yo enamorado. Y en la medida en que el objeto es ubicado en el lugar del ideal, el amante se convierte en un humilde siervo del objeto idealizado. A través de la idealización del objeto de amor, y de la aspiración de unirse a él, el Yo pretende la fusión narcisística, la plenitud. El amor, por su naturaleza narcisista, aspira a un reencuentro con los primeros objetos, perdidos para siempre. El enamoramiento tiene un carácter ilusorio, ya que, por un lado, proyecta en el objeto los propios ideales narcisísticos, atribuyéndole perfecciones inexistentes, y por otro lado, seduce imaginariamente con una completitud irrealizable. De este modo, la metapsicología del amor fundada en el narcisismo enfatiza el carácter imposible e ilusorio de la plena realización amorosa, constituyendo una magistral metáfora de la pasión romántica.

“Había ya gustado anteriormente algunos 
besos y estaba al corriente de las cosas del amor. 
Le gustaba aquel muchacho lleno de
ternura y timidez, y no se esforzaba en disimularlo.”
Bajo la rueda
Hermann Hesse

La teoría freudiana del amor incluye, en 1921, el ingrediente de la ternura, responsable por la persistencia del sentimiento amoroso, más allá de la simple atracción sensual. En Psicología de las masas y análisis del Yo, Freud considera que el estar enamorado es el resultado de la confluencia del amor sensual y de la ternura, y que gracias a la contribución de la corriente tierna, es posible medir el grado de enamoramiento.
En el Apéndice del mismo texto, Freud hace un extenso análisis sobre la noción de ternura como pulsión sexual inhibida en su meta, contrapuesta a la sensualidad, que corresponde a las pulsiones sexuales directas o sin inhibición. Aunque en la Psicología del amor, en 1912, la ternura haya sido considerada como la corriente más antigua, vinculada a los cuidados parentales, Freud retoma en 1921 la noción de ternura esbozada en los Tres Ensayos para una teoría sexual, en que el sentimiento tierno era un derivado de la represión de la sexualidad. Así, en Psicología del amor, Freud consideraba que “De esas dos corrientes (tierna y sensual), la tierna es la más antigua. Proviene de la primera infancia, se ha formado sobre la base de los intereses de la pulsión de autoconservación y se dirige a las personas que integran la familia y a las que tienen a su cargo la crianza del niño".


La persona amada, concluye Freud, es el objeto de las aspiraciones sexuales, enfatizando solo uno de los polos de esta confluencia de afectos. Posteriormente, toda la configuración amorosa edípica sucumbe a la represión, y las aspiraciones sexuales quedarán reprimidas e inconscientes, restando solamente, en relación a los primeros objetos de amor, los lazos de ternura. Así, el sentimiento de ternura provendría de las aspiraciones sexuales incestuosas, constituyendo una pulsión inhibida en su meta, producto de la acción de la represión.

Freud reconocía una mezcla de sentimientos tiernos y deseos sexuales en un momento anterior al drama adípico y a la castración, en el comienzo de las relaciones del infante con las personas encargadas de su cuidado. ¿Cuál sería el origen de la ternura infantil anterior a la castración, si todavía no hubo motivos para la inhibición de la meta sexual? La noción de inhibición supone la existencia de obstáculos que impiden a la pulsión de alcanzar su objetivo de forma directa “encontrando una satisfacción atenuada en actividades o relaciones que pueden ser consideradas como aproximaciones más o menos distantes de la meta primitiva". La inhibición es considerada como un principio de sublimación, porque en ambas la pulsión se aleja del objetivo sexual directo. Pero mientras la sublimación substituye el objetivo sexual por otro socialmente valorizado, la inhibición no abandona totalmente su meta originaria, contentándose con aproximaciones a esta y satisfacciones atenuadas. Por eso, la pulsión inhibida nunca alcanzaría una cabal satisfacción, ya que el placer obtenido sería siempre “menor” o “disminuido” en relación a la satisfacción del objetivo originario.
Freud oscila entre una concepción de ternura como pulsión inhibida, en la descripción de la vida sexual adulta, y una idea de ternura infantil, cuyo origen no podría ser teorizado como inhibición.


Ferenczi, Balint y Winnicott desarrollan una concepción de ternura que no deriva de la inhibición de lo pulsional ni presupone la interdicción de lo sexual.

Sándor Ferenczi creó la noción de lenguaje de la ternura o estadio de la ternura, considerando que niños en este estadio no podrían abstenerse de la ternura, sobre todo materna.
Michael Balint desarrolla la idea de un deseo pasivo de ternura irreductible a lo pulsional, cuya satisfacción genera una sensación de calmo y tranquilo bienestar.
Donald Woods Winnicott aborda la construcción de la capacidad amorosa en un largo proceso de intercambios entre el individuo y el ambiente, teorizando sobre los cuidados amorosos maternos, que permiten la satisfacción de las necesidades psíquicas primarias, propiciando los estados calmos del bebé. Sin desconocer las diferencias teóricas entre los autores, las nociones de “necesidades psíquicas primarias” y “deseo pasivo de ternura”.

Estas necesidades psíquicas, que producen, cuando satisfechas, estados calmos y experiencias de bienestar, podrían ser resignificadas como “necesidad infantil de ternura”, ya que aunque el bebé nada sepa sobre la necesidad que lo aflige, cuando no recibe una adecuada provisión de ternura materna, sufre daños en la constitución de su integración yoica. Esta “necesidad infantil de ternura” deriva de la dependencia del bebé de los cuidados del adulto para su sobrevivencia y su organización psíquica. Así, si tenemos que suponer alguna base para la “necesidad infantil de ternura”, esta no sería la satisfacción de las pulsiones de autoconservación ni la inhibición de las pulsiones sexuales, sino el estado de desamparo. Como dice Freud, el “estado de desamparo produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se librará más".




lunes, 7 de junio de 2021

TOTEM Y TABÚ

“El tabú se supone emanado de una especial fuerza mágica
inherente a ciertos espíritus y personas y susceptible de transmitirse 
en todas direcciones por la mediación de objetos inanimados.”

Wilhelm wundt

Tótem y tabú es un ensayo metapsicológico (este  término se utiliza en psicoanálisis para designar la parte de la doctrina freudiana más teórica y especulativa, aquella que trata de explicar el funcionamiento mental, la personalidad y la conducta en base a principios generales que, a menudo, se han construido como hipótesis necesarias antes que como sistematizaciones basadas en observaciones empíricas) que público Freud entre 1912 y 1913, en el cual intenta dar cuenta de cierta realidad psíquica desde el pasado remoto a través de una hipótesis Ad Hoc del tipo "debe haber habido".

El totemismo escribe Freud "me atraía por encima de todo: era el primer sistema de organización de las tribus primitivas en el que se unieron los inicios del orden social, junto con una religión rudimentaria y la cruel soberanía de ciertos tabús defensivos."

El término Totem procede de la lengua de los indios Ojibweay, una de las numerosas tribus de la región de los Grandes Lagos en Estados Unidos, e inmediatamente lo emplearon los etnólogos para designar al animal que sirve de emblema a una tribu primitiva. Podrían ser elegidos como totem un animal, un árbol o incluso un río, viniendo a significar la encarnación de la fraternidad, siendo algo así como el símbolo del lazo de parentesco existente entre los miembros de una tribu determinada. 

El término Tabú procede de Polinesia. El capitán Cook, el famoso marino y explorador inglés que descubrió las islas de Polinesia en tiempos de la navegación a vela, lo trajo de las islas Tonga en 1771. Significaba lo prohibido (por costumbres mágicas o religiosas). Los habitantes de Tonga, que posteriormente han logrado tener un alfabeto escrito del que carecían en tiempos del animoso capitán Cook, lo transcribieron con la palabra "tapu".

 "El ser venerado al que se le da el nombre de totem, es siempre un animal del que pretende descender el clan que lo hace objeto de su adoración. En las investigaciones diversos indicios dan a entender que todos los pueblos, incluso los más avanzados en la escala de la civilización, han pasado en su tiempo por el estadio del totemismo" diría Freud, y en otras reuniones y charlas agregaría que "todos los pueblos conocieron un periodo totémico cuando estaban en su infancia, en la infancia como pueblo."

"Mi punto de partida (precisa Freud) fue la sorprendente concordancia de dos prohibiciones tajantes impuestas a los miembros del clan por la religión totémica (las dos tribus), con las dos partes del complejo de Edipo."

Y agrega "Lo primero que ordena el totemismo es no matar al animal tótem, y lo segundo, no utilizar sexualmente a ninguna mujer del mismo clan totémico. En el complejo de Edipo se corresponden con otros dos puntos: primero no deshacerse del padre, y segundo, no tomar por mujer a la propia madre." Comparando las dos series de prohibiciones, uno se siente inclinado a creer que el animal tótem desempeña el papel del padre, que ocupa el lugar del padre, es decir, tótem = padre. Por lo demás, esto es lo que hacían los primitivos, que veneraban en su animal tótem al antepasado del clan. 

Freud acabó convencido de que su famoso complejo de Edipo se escondía tras las creencias totémicas primitivas; o sea en la infancia de la humanidad, al igual que se hallaba camuflado en la infancia de cada individuo. Freud también señala la fascinante dialéctica palpable en un elemento como el tabú. Después de algunas advertencias etimológicas, él muestra que este presenta dos significados opuestos:

de un lado lo sagrado, lo consagrado, del otro lo inquietante, lo peligroso, lo prohibido, lo impuro”. "En el tabú confluyen lo atractivo y lo temido, característica del tabú es la de ser revestido de una potencia considerable tanto para el bien, como para el mal”. En esa dialéctica, una vez más los aspectos inhibitorios parecen determinantes, porque, según Freud, la fuente de los tabús, es justamente la renuncia a la satisfacción de un deseo. Entre “el deseo de transgresión” y  “el esfuerzo de represión” emerge una “fuerza suplementaria”: la consciencia moral. Esta consciencia moral es descrita por Freud como una “consciencia angustiante."

El ensayo plantea  un paralelismo o analogía entre el surgimiento del totemismo y la exogamia, la prohibición del incesto, el surgimiento de la cultura y el actual complejo de Edipo. Para Freud las sociedades humanas, los primeros grupos humanos se organizaban en torno a un padre terrible que no puede ser llamado padre propiamente tal o como el concepto clásico, era más bien un macho alfa que se regía por la fuerza, gozaba de todas las mujeres y hombres del clan reproduciéndose con todas las hembras y teniendo bajo control a todos los hijos, de esta forma si alguno quisiera disputar su lugar, él (protopadre) lo expulsaba del grupo o lo mataba. En ciertos momentos cansados de este tipo de abusos, los hijos; todos hermanos entre sí hacen alianza junto con sus madres para matar a este padre terrible (protopadre). Lo atacan y lo matan para luego devorarlo o más bien lo devoran para introyectar su poder  y en el proceso muere canibalizado, ahora bien, luego de todo este episodio nace la culpa o más bien se introduce la culpa pues a posteriori recuerdan que ese padre terrible además era un padre con el cual habían vínculos de sangre, también se comportaba como padre, es decir, era proveedor, protector, el líder, por lo tanto posteriormente se convierte en una figura paterna y ellos pasan a ser hermanos, de modo que se interioriza la ley, esta ley de prohibición del incesto que era lo que encarnaba físicamente la fuerza del "padre terrible" que además y en definitiva está representado por el padre, por lo que prohíbe el incesto y el asesinato del padre en particular y el matar en general. Esto posibilita que los clanes tengan que aliarse con otros clanes e intercambiar mujeres en matrimonio para no casarse con miembros de la misma familia, de esta forma surgen alianzas duraderas forjadas bajo este nuevo vínculo familiar y se va desarrollando la cultura. 

Para Freud el complejo de Edipo reedita este mito antiguo en cada nuevo pasaje generacional. 

 


martes, 6 de octubre de 2020

EL CONCEPTO DE DIOS

“Pero había descubierto que las cosas 
imaginarias eran a menudo lo único 
que tenía verdadera sustancia en la vida.” 

El aliento de los dioses
Brandon Sanderson


“Incluso luego, en las trece noches que siguieron a aquella, 
instintivamente se aferraron a las pequeñas cosas. 
Las grandes cosas siempre quedaban dentro. 
Sabían que no tenían adonde ir. 
No tenían nada. Ningún futuro. 
Así que se aferraron a las pequeñas cosas.” 

El dios de las pequeñas cosas
Arundhati Roy

 


“Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. 
¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? 
el más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído
se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: 
¿quién limpiará esta sangre de nosotros? 
¿Qué agua nos limpiará? 
¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? 
¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? 
¿Debemos aparecer dignos de ella? 

La gaya ciencia 
Friedrich Nietzsche


A lo largo de algunas de las presentaciones a cerca del concepto de dios, se recurre a la frase acuñada por Nietzsche sobre la muerte de Dios. Para seguir con la misma imagen diríamos que la idea de un concepto que no se entierra junto al muerto podría explicar la dispersión del texto. Esta es la sugerencia que hace Alajandro Tomasini, cuando dice que: “la muerte de Dios, no es entonces más que la expresión de la carencia de un concepto, el concepto de Dios”. Para Francois Houtart, el estudio sociológico nos explica que estamos viviendo una época donde Dios es una palabra que se ha diversificado, que es parte de un discurso fragmentado. Nos presenta una divinidad producida por las condiciones sociales y que responde a intereses diversos y, en ocasiones, contrarios. Al dictamen del historiador el filósofo del lenguaje y el sociólogo, se suma el de Hans Saettele que presenta la postura del psicoanálisis:


Freud afirma que la condición de posibilidad 
de la relación a un origen común, en tanto 
es condición de posibilidad del lazo social, 
no es otra cosa que el asesinato del padre, 
esto es, la abolición del origen en tanto real. 
Sólo el padre muerto puede devenir Dios, 
padre simbólico y origen absoluto. 
Dios no es otra cosa que la reencarnación, 
un proceso de elación, del padre asesinado.

La propuesta de un concepto muerto que nace como consecuencia de una elaboración del asesinato del padre, y que da origen a la cultura, es un argumento más para los que descartan que exista un espacio común para la reflexión. Estos autores nos ayudan a entender por qué los discursos se desparraman sin la menor intención de encontrarse. Nos presentan a Dios en la vitrina de un peculiar museo antropológico. El de la sala de las lenguas, el de las estructuras sociales, el de los procesos psíquicos o la historia de las ideas. A este museo se suman Albert Kasanda, presentando el concepto negro africano de Dios, Jorge Velásquez Delgado, que habla de Marsilio Ficino y el Renacimiento italiano, y Armando Cíntora, que analiza los fundamentos de la axiología propuestos por Larry Laudan. Al parecer este podría ser el destino de todo debate filosófico que aborda el tema del concepto de Dios. El de presentar la historia de una secularización que terminó avergonzándose de su pasado, de haber sido tan ingenua o inmadura, por haber podido creer en algo así. La reflexión filosófica en torno a la divinidad parece un ejercicio expiatorio, un intento por separarse de lo que se presenta como un momento ya superado en el desarrollo humano. ¿Será este el sentido de esta recopilación: el reconocer que su búsqueda corresponde a un desarrollo incompleto de la psique humana o a los intereses de clase o a un uso incorrecto del lenguaje? Luis Villoro nos presenta una reflexión que titula “El concepto de Dios y la pregunta por el sentido”. El filósofo no considera que el análisis del lenguaje haya dicho su última palabra en torno a la búsqueda de sentido. Nos sugiere retomar el debate recordándonos que si la pregunta es por el sentido debemos clarificar de qué estamos hablando. Al respecto nos sugiere que: “Podemos ahora proponer una definición aproximada: tener sentido es un elemento integrado en una totalidad de modo que adquiera valor en ella. El sentido de un hecho o de un ente es, pues, aquello por lo cual pertenece a un todouno”.

El mundo es la suma de los hechos. Decir que la Divinidad es el sentido del mundo es afirmar que no puede ser un hecho más en esa suma, aunque puede manifestarse en todo hecho. Por ello, la Divinidad es trascendente a cualquier hecho. No porque fuera una entidad existente en otra región de hechos (en un cielo o un trasmundo) sino porque no es un ente, sino aquello por lo que todo ente tiene sentido y valor. Si enumeramos todas las cosas que componen el universo, la Divinidad no podría aparecer en esa suma; al igual que el sentido y el valor de una vida no podrían registrarse como un acontecimiento entre los que la componen, ni el sentido de una máquina de reduce a uno de sus engranes. La pregunta por el sentido se sitúa a una distancia razonada del mundo que la enuncia. La dispersión de los conceptos se produce en un discurso que lo permita enlazar a partir de sus desencuentros. El mundo de los hombres se deconstruye ante la comprensión de un hombre que lo puede seguir expresando. El rescate del sentido surge de las ruinas, de los escombros de una Torre de Babel que simboliza el discurso de la modernidad. Las obras de reconstrucción han permitido toda ingenuidad. Como parte de esta tarea se exige una revisión de la historia de la filosofía. Volver a la escena del crimen y reconstruir los hechos. Dulce María Granja acude puntualmente a la cita y nos aclara que: “Según el método kantiano, Dios no es ya un ser trascendente, es decir, el objeto supremo que existe más allá de toda experiencia. Ahora pasará a ser un ideal trascendental”.

Pero ¿para qué fin puede haber sido creada la negación de Dios? Esta puede ser elevada mediante actos de caridad. Porque si alguien acude a ti y te pide ayuda, no lo despedirás con palabras piadosas, diciéndole: ‘¡Ten fe y cuenta tus penas a Dios!’ Actuarás como si no hubiera Dios, como si hubiera una sola persona que pudiera ayudar a ese hombre, sólo tú mismo.

 

 

 


jueves, 22 de agosto de 2019

ALGO SOBRE EL INCONSCIENTE

"Yo, Nabucodonosor, estaba en mi palacio, feliz y lleno de prosperidad, 
cuando tuve un sueño que me infundió miedo. 
Recostado en mi lecho, las imágenes y visiones que pasaron 
por mi mente me llenaron de terror."
Libro de Daniel-4


“Hasta que no hagas consciente a tu inconsciente, 
va a dirigir tu vida y lo llamarás destino.”
Carl Gustav Jung


Esto es extremadamente difícil, no porque no se haya encontrado alguna metodología o alguna manera de escudriñarlo, sino por la cantidad de variables que hace que cualquier análisis sea sumamente complejo. 
El mundo del inconsciente dice Freud, es “extremadamente complejo y está permanentemente activo”. De hecho la energía neuronal que demanda el inconsciente es mucho más que la ocupada por el consciente. Es como si en nuestro cerebro convivieran dos Yo, uno para el consciente y el otro para el inconsciente, el que siempre está activo y expectante, de manera permanente durante toda nuestra vida. 

En la década de los 70 se realizó un experimento en el que se pretendía evaluar si el inconsciente podía evidenciarse en la realidad, de tal manera de medir y constatar su existencia como tal. Se seleccionó a varios voluntarios y se les pidió sentarse frente a un reloj mural.
La primera parte del experimento consistía en que cuando sonará una chicharra, la que tenía tres tonos diferentes, el voluntario apretara un interruptor para encender una ampolleta, la que también tenía tres colores diferentes; rojo, azul y verde, de tal forma que cada sonido de la chicharra tenia asociado un color único.

De esta manera los sonidos se asociaron a colores
Sonido A, color verde
Sonido B, color rojo
Sonido C, color azul. 

Se ve simple, y... cada vez que sonaba la chicharra (accionada por un científico) con un tono definido el voluntario encendía la luz que le correspondía y el tiempo de demora se anotaba. 

Para la segunda parte hubo algunas modificaciones, sin decirle al voluntario se cambió la sincronización de las chicharra (o sea sonaba al azar activado por un sistema autónomo, sin respetar tiempo de intervalo definido) también al reloj se le borraron las líneas de los minutos, solo se dejó el palote del horario y el segundero. Al comienzo no hubo diferencias, sonaba la chicharra y el voluntario consecuentemente con el tono apretaba el interruptor y encendía la luz del color que correspondía. Esto se mantuvo constante por unos minutos, pero después de 10 minutos más o menos, sucedió algo inesperado… ahora el voluntario no necesitaba la señal de la chicharra para encender la ampolleta, sino que se adelantaba unos milisegundos sin darse cuenta. El voluntario encendía la ampolleta de color verde y luego de unos milisegundos la chicharra sonaba con el tono que correspondía al color verde.

Los experimentos avanzaron y se hicieron otros con el mismo procedimiento, se llegó a verificar la anticipación y asociación entre el encendido de la ampolleta con un color definido y el tono posterior de la chicharra... y fue tal, que en algunos casos se detectó anticipación de hasta 20 minutos. Esto demostró que previo a que la chicharra sonara y que señala el tono para un color, era el voluntario quien se anticipaba, encendiendo la ampolleta antes de saber en qué momento la chicharra sonaría con un tono determinado.
Se concluyó experimentalmente que aunque somos conscientes, es nuestro inconsciente el que actúa, descifra, interpreta y pone en marcha el proceso cognitivo. También se dedujo que la cantidad de información que en un instante se procesa en nuestro cerebro es tal, que activa zonas hasta ahora no estudiadas, de tal manera que se puede intuir a priori una acción.



domingo, 31 de marzo de 2019

DUELO

“La muerte sola es caos.
¿Alguien ha visto un caos?
No tiene piernas, brazos.
Muerte en silla de ruedas.
Muerte, no tiene caso
ni suerte, y ruedas, ruedas.”

Cinco poemas
Armando Uribe


“Esta tarde no más aprendí
que vagar solo, triste,
es apenas un modo de la soledad,
la soledad es cómo te vas
y para no quererme más
porque la muerte
es estar siempre nunca jamás.”

Qué pasó con el sol
Quelentaro


“Tanto dolor se agrupa en mi costado,
que por doler me duele hasta el aliento.”

Elegía
Miguel Hernández


Se piensa primero en la muerte, porque ese es, si no el origen de la palabra, por lo menos su campo semántico ordinario. Estar de duelo es estar sufriendo, ¿y qué peor sufrimiento?

Pero la palabra es susceptible de mayor amplitud. Hay duelo cada vez que hay pérdida, rechazo, frustración. Entonces lo hay siempre: no porque algunos de nuestros deseos no sean jamás satisfechos, sino pero porque nunca lo serán todos ni definitivamente.
El duelo es esa franja de insatisfacción o de horror, por lo cual lo real nos hiere, y nos posee con tanta mayor fuerza cuanto más nosotros nos atenemos a lo real.
Es lo contrario del principio de placer, o más bien, ese por qué o contra qué.
El duelo es la afrenta que hace la realidad al deseo, para así señalar su supremacía. Por esto el duelo se sitúa al costado de la muerte en primer lugar, y… por mucho tiempo: la muerte es el fracaso último que borra todos los otros.
El duelo es como una muerte anticipada, como un fracaso tanto más doloroso cuanto no es.
Estar de duelo es estar sufriendo en el doble sentido de la palabra, como dolor y como espera. El duelo es como un sufrimiento que espera su conclusión.
El duelo señala el fracaso del narcisismo donde el “yo” pierde su trono, el “yo” queda desnudo.

¿Cómo saberse vivo sin saberse mortal?

El hombre es un estudiante, el dolor y la muerte sus maestros. No los únicos por cierto, felizmente también el placer y la alegría lo son, y tal vez nos enseñan más.
La muerte no es una disciplina entre otras, una verdad entre otras, es el horizonte de todas y, para el hombre, el destino mismo del pensamiento.
El duelo es la lengua extranjera que no necesitamos aprender.

Una vez que la muerte ha pasado, ya nada es semejante: nada es como era.
El duelo señala que no somos Dios y el precio que debemos pagar. El hombre es ser mortal y amante de los mortales. El duelo es lo propio del hombre.
La muerte ingresa a la vida como un torbellino, se siente en su casa y tiene razón, la vida habita la muerte.
El duelo es la herida por la cual la vida se comprueba mortal; prisionera de lo real. Y su rehén.
  
Montaigne escribió: “Y después nosotros tememos tontamente una especie de muerte cuando ya hemos pasado y pasado por tantas otras. La flor de la edad se muere cuando pasa y cuando sobreviene la vejez; y la juventud se acaba en flor de la edad del hombre hecho. La infancia en la juventud, y el día de ayer en el de hoy que morirá en el mañana. Nada hay que permanezca y que sea siempre uno.”
El tiempo se va, el ser se va; el tiempo es el duelo del ser.

“No sabemos renunciar a nada” decía Freud,  somos desgraciados porque sufrimos, y sufrimos aun mas por ser desgraciados. De ahí las lágrimas, sentimiento de rebelión contra el horror. En esto la muerte ofrece una vez más el modelo más nítido, el más atrozmente nítido. 


El “trabajo de duelo” (escribió Freud) es el proceso psíquico por el cual la realidad se impone, y es preciso que se imponga, que nos enseñe a vivir a pesar de todo, a gozar a pesar de todo, a amar a pesar de todo, es el regreso del principio de realidad y el triunfo por ello.
La vida se impone.
La alegría se impone.





domingo, 24 de febrero de 2019

YO, SUPERYÓ, CULPA

“Tú no tenías la culpa de haber nacido sin corazón. 
Por lo menos, intentabas creer en lo que creía la gente que tenía corazón
...Así que fuiste un buen hombre, después de todo."

Kurt Vonnegut

El sentimiento de culpa fue definido por Sigmund Freud como la expresión de la tensión existente entre el Yo y el Superyó. Esta definición presupone la existencia de un Yo que se puede objetivar a sí mismo, es decir, ser al mismo tiempo sujeto y objeto de conocimiento. Así pues, el sentimiento de culpa es propiedad del hombre y no significa necesariamente su alienación como sucede en el caso de quien infringe una norma aceptada e integrada por el Yo; tal sentimiento de culpa es en realidad un discernimiento de la conciencia, es el punto de partida de una reparación activa y de un retorno consciente.




Sin embargo, un sentimiento de culpabilidad inconsciente, vago o falsamente localizado, acompañado de una angustia impotente ante un Superyó, en parte heterónomo (que está sometido a un poder externo), es verdaderamente la "mala conciencia", "la conciencia infeliz".

El Superyó se forma de acuerdo con la imagen y las exigencias de los padres; abarca las normas y las limitaciones que por la introyección (introyección es un proceso psicológico por el que se hacen propios rasgos, conductas u otros fragmentos del mundo que nos rodea, especialmente de la personalidad de otros sujetos) se han convertido en una instancia personal. Estas normas, al principio incomprensibles cuando se es niño, son aceptadas, en primer lugar, gracias a la identificación con los padres; serán lógicas en la medida en que sean integradas por los padres. Por otra parte, el proceso de la identificación no obedece técnicamente a la represión (Represión es un mecanismo de defensa que consiste en expulsar de la conciencia deseos, sentimientos o pensamientos) sino que es la expresión de la auto sublimación humana, puesto que el hombre es el único ser viviente que crea una cultura histórica, toda transgresión de esta tendencia sublimante,  actualizada por la tensión existente entre el nivel de desarrollo alcanzado y el que está por alcanzarse, es una fuente de sentimiento normal de culpabilidad. Pero el Superyó suele ser ya en los padres una instancia parcialmente extraña y pesa sobre el desarrollo del niño; es así como la semilla de la alienación se trasmite al niño y se convierte en germen de su propia alienación. Este proceso es también fácilmente apreciable en un régimen de educación extremadamente riguroso o severo en materias morales o de disciplina, perfeccionista o inconsecuente: el niño no será aceptado tal como es,  será solo como imagen ideal. El niño será culpable de ser  quién es. En todos los casos, una discordancia muy grande entre el Yo y el Superyó provoca la inseguridad y la vivencia de la culpa. La imperfección real con relación ideal será experimentada también como culpabilidad y llevará a tratar de reprimir esta auto-negación. El niño vivirá, entonces, de acuerdo con una escala de valores exteriores que no corresponde ni a sus cualidades personales ni al periodo de desarrollo alcanzado.

viernes, 15 de febrero de 2019

EDIPO, FREUD Y EL DESTINO

“Solo a través de la alegría y la tristeza, 
una persona sabe algo de sí misma y de su destino"

Goethe


Edipo cae bajo el peso de una maldición que inicialmente hace de él la marioneta de un destino que ignora. Si bien y evidentemente Edipo no conocía el mensaje freudiano, eso no le impide ser responsable y culpable. No sabía, pero no saberlo no le impedía quererlo.




La infelicidad, los avatares de la vida, la repetición de los sucesos, empujan a los seres humanos a pensar que las cosas están tramadas, y que en alguna parte hay “un mal de ojo”, no se cree en el azar. El sujeto no le otorga un gran lugar al azar, pero sí “un casi religioso” al destino.