“Salvator Mundi” de Leonardo da Vinci
“Es posible
que bajo la santa fábula
y el disfraz de Jesús
y el disfraz de Jesús
se oculte
uno de los casos más dolorosos
del martirio de la conciencia del amor,
del martirio de la conciencia del amor,
el martirio
del corazón más inocente y mas ávido,
al cual no
bastaba ningún amor humano;
del corazón que deseaba el amor,
del corazón que deseaba el amor,
que quería
ser amado, con dureza, con frenesí,
con
terribles explosiones contra los que rechazaban su amor.
Esta es la
historia de un pobre ser insatisfecho
e insaciable en el amor,
e insaciable en el amor,
de un ser
que debió inventar el infierno
para precipitar en él a los que no querían amarle,
y que, iluminado por fin sobre el amor de los hombres,
para precipitar en él a los que no querían amarle,
y que, iluminado por fin sobre el amor de los hombres,
se vio
forzado a inventar un Dios que fuese todo amor,
totalmente “potencialidad de amor”,
que tuviese piedad del amor humano,
que tuviese piedad del amor humano,
porque este amor ¡es tan miserable, tan
ignorante!
El que así siente, el que conoce así el amor,
busca la muerte.”
Más allá del
bien y el mal
Friedrich
Nietzsche
Crecí en una familia religiosa, en ese contexto durante mi niñez por momentos los típicos “rituales” religiosos me parecían insoportables. Siempre me ha llamado la atención el pseudo fanatismo y el fanatismo “ortodoxo” que generan las religiones en una gran cantidad de personas. Sin excepción todas ellas me parecían y parecen extremadamente mundanas, dirigidas más por pasiones humanas que por un ideal divino, contradicción vital a mi entender y en particular a mis diez años muy poco por hacer o decidir.
Generalmente
los niños no piensan en la muerte a esa edad y menos en lo divino. Ante esa
realidad, siempre postergué lo espiritual por el conocimiento concreto, así fue
como encontré en la biblioteca de un tío algunos autores que me dejaron
asombrado; Epicuro, Aristóteles... “la luz griega”. Posteriormente apareció
Spinoza, Marx, Freud, Camus y así fue como de alguna manera “la cólera de los
apostatas” también me formó.
Desde
entonces evité el contacto con los Evangelios, el Corán y otros textos
religiosos para devotos. La vida misma me puso sobre los rieles de la mesura; los
grandes dolores, las decepciones, las alegrías, la política y mi personal visión de la civilización, hizo que me reconciliara con la necesidad de infancia,
más que nada con la moral que con ella es solidaria y sobre todo conmigo mismo.
Y así
aparece Cristo o por lo menos la imagen que de Él necesitaba. Un hombre dulce y
libre, que prefería el amor al poder, y que por ello estuvo dispuesto a morir.
En este sentido el historiador Flavio Josefo me proporcionó la certeza de su
existencia.
Acerca del
Cristo histórico no sé más que cualquiera, casi nada. Pero felizmente muy niño
me “topé” con un tipo llamado Baruch Spinoza del cual aprendí el “Cristo de
Spinoza” el niño desnudo entre el buey y el asno, el espíritu crucificado
entre dos ladrones. Este es entonces el Cristo de todo el mundo, la cuna, el calvario,
el de los niños y las leyendas, liberado de las religiones, que no promete otra
cosa que la que prometieron los mismos griegos, como los verdaderos maestros, y
no otro Reino, solo este donde ya estamos.
Este Cristo heterodoxo, tal vez solo inventado por mí y para mí, pone fin a toda religión. No hay panteísmo
en este Cristo, no hay adoración de la naturaleza ni idolatría de lo real e
irreal. El mundo está sometido a la fuerza, al poder, a la violencia. La naturaleza
es salvaje, injusta, indiferente. Las Bienaventuranzas, la parábola del hijo
pródigo, la del buen samaritano, el relato de la mujer adúltera, el llanto
desgarrado frente al sepulcro de Lázaro, la angustia en Getsemaní dicen lo esencial:
Cristo, maestro dulce y humilde de corazón, que reemplazó el amor a la Ley por
la ley del amor, que hizo del amor el único absoluto, el único mandamiento o
por lo menos el que justifica a todos los demás.
¿Qué
importan los sacramentos?
¿Los ritos y
las asistencias a misas o reuniones?
¿Qué
importan las prohibiciones alimenticias?
“No se trata
de lo puro o lo impuro, se trata de amor y perdón” dice Gérard Bessière.
A mi modo de
ver, el verdadero mensaje es que el amor vale más que toda religión.
El amor es
la única religión.