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lunes, 22 de abril de 2019

CRISTO


“Salvator Mundi” de Leonardo da Vinci

“Es posible que bajo la santa fábula 
y el disfraz de Jesús
se oculte uno de los casos más dolorosos 
del martirio de la conciencia del amor,
el martirio del corazón más inocente y mas ávido,
al cual no bastaba ningún amor humano; 
del corazón que deseaba el amor,
que quería ser amado, con dureza, con frenesí,
con terribles explosiones contra los que rechazaban su amor.
Esta es la historia de un pobre ser insatisfecho 
e insaciable en el amor,
de un ser que debió inventar el infierno
 para precipitar en él a los que no querían amarle, 
y que, iluminado por fin sobre el amor de los hombres,
se vio forzado a inventar un Dios que fuese todo amor,
 totalmente “potencialidad de amor”, 
que tuviese piedad del amor humano,
 porque este amor ¡es tan miserable, tan ignorante!
 El que así siente, el que conoce así el amor, busca la muerte.”

Más allá del bien y el mal
Friedrich Nietzsche


Crecí en una familia religiosa, en ese contexto durante mi niñez por momentos los típicos “rituales” religiosos me parecían insoportables. Siempre me ha llamado la atención el pseudo fanatismo y el fanatismo “ortodoxo” que generan las religiones en una gran cantidad de personas. Sin excepción todas ellas me parecían y parecen extremadamente mundanas, dirigidas más por pasiones humanas que por un ideal divino, contradicción vital a mi entender y en particular a mis diez años muy poco por hacer o decidir.
Generalmente los niños no piensan en la muerte a esa edad y menos en lo divino. Ante esa realidad, siempre postergué lo espiritual por el conocimiento concreto, así fue como encontré en la biblioteca de un tío algunos autores que me dejaron asombrado; Epicuro, Aristóteles... “la luz griega”. Posteriormente apareció Spinoza, Marx, Freud, Camus y así fue como de alguna manera “la cólera de los apostatas” también me formó.

Desde entonces evité el contacto con los Evangelios, el Corán y otros textos religiosos para devotos. La vida misma me puso sobre los rieles de la mesura; los grandes dolores, las decepciones, las alegrías, la política y mi personal visión de la civilización, hizo que me reconciliara con la necesidad de infancia, más que nada con la moral que con ella es solidaria y sobre todo conmigo mismo.

Y así aparece Cristo o por lo menos la imagen que de Él necesitaba. Un hombre dulce y libre, que prefería el amor al poder, y que por ello estuvo dispuesto a morir. En este sentido el historiador Flavio Josefo me proporcionó la certeza de su existencia.  
Acerca del Cristo histórico no sé más que cualquiera, casi nada. Pero felizmente muy niño me “topé” con un tipo llamado Baruch Spinoza del cual aprendí el “Cristo de Spinoza” el niño desnudo entre el buey y el asno, el espíritu crucificado entre dos ladrones. Este es entonces el Cristo de todo el mundo, la cuna, el calvario, el de los niños y las leyendas, liberado de las religiones, que no promete otra cosa que la que prometieron los mismos griegos, como los verdaderos maestros, y no otro Reino, solo este donde ya estamos.
Este Cristo heterodoxo, tal vez solo inventado por mí y para mí, pone fin a toda religión. No hay panteísmo en este Cristo, no hay adoración de la naturaleza ni idolatría de lo real e irreal. El mundo está sometido a la fuerza, al poder, a la violencia. La naturaleza es salvaje, injusta, indiferente. Las Bienaventuranzas, la parábola del hijo pródigo, la del buen samaritano, el relato de la mujer adúltera, el llanto desgarrado frente al sepulcro de Lázaro, la angustia en Getsemaní dicen lo esencial: Cristo, maestro dulce y humilde de corazón, que reemplazó el amor a la Ley por la ley del amor, que hizo del amor el único absoluto, el único mandamiento o por lo menos el que justifica a todos los demás.

¿Qué importan los sacramentos?
¿Los ritos y las asistencias a misas o reuniones?
¿Qué importan las prohibiciones alimenticias?
“No se trata de lo puro o lo impuro, se trata de amor y perdón” dice Gérard Bessière.

A mi modo de ver, el verdadero mensaje es que el amor vale más que toda religión.
El amor es la única religión.