"Hay en mi corazón furias y penas"
Quevedo
Siempre cuando llega la muerte, lo hace como un golpe
certero y contundente que desequilibra todo. Toda la realidad, todas las
emociones, todas instancias que forman parte del quehacer normal que nos
envuelve día tras día, estemos o no preparados, siempre llega de manera
inoportuna, arrasándolo todo, dejando tras de sí una estela de dolor
insospechado, un dolor que trasciende la mente, y se “empoza en el alma”.
Tal vez la mejor y más real definición la hagan como siempre los poetas,
especialistas en cuestiones del alma. Cesar Vallejo lo describe así:
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... ¡Yo no sé! “
Y qué hacer entonces? Cuando la hecatombe no deja tiempo
para recomponer las piezas, cuando el dolor más intenso que se haya sentido, se
cruza con las cosas de la vida que obligan a seguir adelante. Miguel Hernández
dice “voy de mi corazón a mis asuntos”. Al parecer no hay muchas alternativas.
El dolor por la pérdida está más activo que nunca, se confunde con el sentir
del alma, el pecho oprimido y la mente que no se cansa de lanzar imágenes de la
persona amada. Sigmund Freud en su artículo "De Guerra y Muerte"
señala “implica el reconocimiento de que vamos a morir, como algo natural e
inevitable”, pero agrega “Se sabe de la muerte, pero al mismo tiempo se la
desconoce.”. Hay muchas teorías y recomendaciones para alivianar el dolor por
la pérdida. Se dice por ejemplo que los creyentes cristianos lo soportan de
mejor forma que los que no lo son. Están los conceptos hindúes o tibetanos, los
rituales africanos, etc. En occidente el significado es muy parecido en todos
los países. Desde tiempos del antiguo Egipto, la muerte fue un enigma al que
adaptaron sus rituales de tal forma de aminorar el sentir por la pérdida. Fue
tanta su devoción que los llevó a la escritura con El Libro de los Muertos. Hasta
hoy en muchos oficios, se llevan pertenencias que eran del fallecido.
El fondo es cómo enfrentar a este momento y, lo venidero. “Morir
es romper el mundo; es perder al hombre, aniquilar al ser; por tanto es perder
la muerte, perder lo que en ella y para mí hacía de ella la muerte… ” Escribe
Maurice Blanchot. Por otro lado Freud dice que los niños chicos no tienen el
concepto de muerte interiorizado en su mente, para ellos solo significa
ausencia. Tal vez no se pueda hacer nada, tal vez no hay método que tenga vigencia real
en estos momentos. Creo que el hecho de acumular todos los recuerdos buenos y
alegres, la mente es mágica, hace descansar al alma por algunos instantes. Solo
el tiempo (pero a veces pasa tan lento) será el encargado de sanar las heridas.
Se dice que sin nuestros recuerdos no somos nada, lo que somos son los
recuerdos. Es justamente ahí, donde debe terminar de instarse el ser perdido.
Todos los que hemos tenido pérdidas humanas al final del
tortuoso camino del duelo hemos quedado mal heridos, tal vez algo hemos dejado
atrás, es porque hemos traspasado completamente la existencia de ese ser desde
lo consiente a nuestro inconsciente. Y
donde lo hemos dejado, estará en nuestro presente cuando lo deseemos.
