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martes, 12 de marzo de 2019

LA GUARIDA

“Mi soledad no depende de la presencia o ausencia de gente… 
odio a quien roba mi soledad sin, a cambio, ofrecerme verdadera compañía.”

Así habló Zaratustra.
Friedrich Nietzsche 



Recuerdo que cuando niño tenía la costumbre de refugiarme en mi guarida, así le llamaba. En realidad era solo una pieza chica hecha de sobras que me proporcionaba el más especial espacio de intimidad que necesitaba. La fabriqué con cartones sobrantes dentro del gallinero que mi madre tenía en el patio de la casa, lo cubrí con hojas para invisibilizarlo. Así era mi “guarida”, con el tiempo se convirtió en algo necesario, ahí me metía y encerraba y pensaba con mente de niño en cosas de niños, ahí escapaba de lo que a esa edad me parecía insoportable, ahí aprendí que el silencio y la soledad pueden ser amigos y buenos aliados.

La guarida
Se trata de una amistad incondicional y una infinita bondad hacia mí. Se trata de ponerme a salvo, finalmente a salvo, todas esas olas no queridas, ignoradas, desconocidas del océano de mi mismo para que puedan emerger desde la profundidad, desde la oscuridad, desde las esquinas, huecos y hendiduras de las experiencias y salgan a la luz, parpadeando y llenas de asombro… 
Se trata de darme a luz, de modo que todos los pensamientos me sean finalmente permitidos, todas las sensaciones, todos los sentimientos, todos los sonidos, todas aquellas olas que solemos etiquetar como “oscuras” o “malas” o “negativas” o “peligrosas” o “pecaminosas”, miedo, ira, aburrimiento, duda, confusión, frustración, impotencia son finalmente bienvenidas para que lleguen a descansar, a respirar, a ser simplemente ellas mismas en el espacio que tú eres. No se trata de entidades separadas o de enemigos, son aspectos íntimos de mi mismo y por eso mismo, nunca podrían lastimarme, incluso si lastimaran serían amigas y esto es algo de lo que a menudo nos olvidamos en nuestro apuro de “arreglar” o por lo menos “normalizar” nuestra condición…