martes, 12 de marzo de 2019

LA ESCUELA CÍNICA

Viendo en cierta ocasión cómo los sacerdotes custodios del templo conducían a uno que había robado una vasija perteneciente al tesoro del templo, comentó: 

“Los ladrones grandes llevan preso al pequeño.”

Diógenes de Sinope 




Estos son buenos tiempos para el cinismo, inmejorables para el sarcasmo como forma crítica. El “malestar en la cultura” se nos ha vuelto agobiante.  El consumismo frenético y la propaganda ensordecedora de tantos productos nos invitan a comprar, tal vez lo más prudente sería escapar de la civilización que nos abruma, a la naturaleza, o lo que nos hayan dejado de ella, porque cualquiera sabe ahora qué es lo natural, después de tanta perversión civilizadora y tanto progreso desconcertado.


“Trasmutar los valores” fue el viejo lema del cínico Diógenes. Pero, en un mundo de pacotilla, ¿para qué trasmutar los valores?

Tal vez una característica del cinismo moderno sea la renuncia al escándalo con que el cínico antiguo, con su personalidad agresiva, se enfrentaba, en solitario, a la sociedad de su entorno. Pues, a estas alturas, escandalizar a la sociedad actual parece imposible. Vivimos en una sociedad abierta y permisiva, que cuenta con implacables medios para marginar al provocador y ahogar cualquier protesta inconveniente con ayuda de los medios de comunicación. Hay un cinismo difuso y universal, pero bien solapado. Son muchos los cínicos, pero van sin el viejo manto y sin alforja, disimulados y consentidos. Como ya en Grecia, el cinismo que abomina de la civilización es una planta tardía de la cultura saciada de convencionalidad y retórica; su afán por la naturaleza y su desprecio por la urbanidad es un fenómeno urbano. Su feroz y ejemplar individualismo es una respuesta a la alienante represión general del progreso. El cinismo moderno, esa mala conciencia ilustrada, busca también, como el antiguo, la senda de la felicidad. Pero, después de tantos libros, de tantas revoluciones, de tantas críticas filosóficas, está desencantado de todo, y no mantiene la actitud de desafío a las normas abiertamente.

El cinismo recibe su nombre por el modo de vida (kynikós bíos) que llevaban sus figuras, similar al de los perros, o acaso por el nombre del gimnasio donde se dice que su precursor impartía enseñanzas. Justamente, la palabra “cínico” (kynikós) viene de “perro” (k!on, kynós), y quiere decir algo así como “perruno” o “propio de un perro”. Como quiera que sea, lo cierto es que no es difícil imaginar por qué sus contemporáneos los compararon con el mencionado animal, pues se caracterizaron por su impudicia y desvergüenza para ocupar cualquier lugar con el fin de realizar cualquier propósito. Por otra parte, con la mordacidad que puede traer la más absoluta franqueza de palabra (parresía), no cesaron de criticar a los hombres muelles, ni de exhortarlos a que llevaran una vida virtuosa. Se hicieron también de un género literario propio (kynikòs trópos), denominado “serioburlesco” o “seriocómico” (spoudogéloion) porque utilizaba la risa como vehículo de lo serio, para así llegar más fácilmente a sus interlocutores y poder extirpar los errores que se asentaban en el alma. La versatilidad que le permitía a este género adoptar variadas formas literarias hizo que la influencia y alcance de la filosofía cínica en la literatura no tuviera precedentes. En los últimos tres decenios se ha venido suscitando un resurgimiento del interés por el cinismo antiguo.

viernes, 8 de marzo de 2019

MEMORIA

“Somos nuestra memoria, somos ese museo quimérico 
de formas cambiantes, 
ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges


Desde siempre la memoria ha sido objeto de la atención de filósofos, sociólogos, psicólogos, médicos, investigadores, etc. por ser un atributo fundamental de la mente humana. Se la describía como una de las potencias del alma, pero se la dejaba a un lado de la investigación científica que se centraba más en la atención, la percepción y el lenguaje. Para estas actividades se iba buscando una localización cerebral, siguiendo los descubrimientos de Broca que en 1861 describió cómo las lesiones que se producían en el lóbulo frontal del lado izquierdo del cerebro producían trastornos específicos del lenguaje. Vendría después la búsqueda afanosa de la localización de diversas funciones mentales que dio lugar a las fantasías de la frenología y a las descripciones de la predisposición a la criminalidad de Lombroso. Se discutía si la memoria era una capacidad mental particular o únicamente la capacidad auxiliar de otros procesos mentales.

¿Es la memoria una función de sistemas específicos del encéfalo?

¿Está localizada en un sitio determinado como la visión, el lenguaje o el olfato?

Durante bastante tiempo muchos psicólogos, principalmente norteamericano se resistían a creer que las investigaciones neurofisiológicas pudieran ser útiles para el estudio de la conducta humana. La llamada escuela conductista centró sus observaciones en el estudio de la conducta de los organismos y su relación con el entorno. Fue el psicólogo canadiense Donald Hebbe el que mediante experimentos en animales fue describiendo las bases neurofisiológicas del aprendizaje y de la conducta, la transmisión sináptica de los impulsos y sus modificaciones confirmando así las ideas geniales de Cajal.

El primero en demostrar que algunos de los procesos de memoria están localizados en el cerebro fue el neurocirujano canadiense Penfield al operar enfermos con epilepsia temporal. Desde entonces los conocimientos neurofisiológicos han avanzado considerablemente sobre todo en la pasada década del estudio del cerebro patrocinada por el gobierno norteamericano desde 1990. La genética, la biología molecular y las modernas técnicas de diagnóstico de imagen han impulsado considerablemente nuestros conocimientos sobre la memoria y sus bases neurofisiológicas. En la actualidad se están produciendo considerables avances en el conocimiento de las causas y mecanismos de muchas enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer, una demencia con graves alteraciones de la memoria y de la conducta de extraordinaria importancia para la humanidad por los graves y numerosos problemas que plantea.

Así empezaba Marcel Proust su famosa novela En Busca del tiempo perdido: “El sabor de la magdalena suscitó un vivo recuerdo de su infancia que volvía después de estar olvidado mucho tiempo”. La memoria es difícil de definir. La Academia Española la incluye como "potencia del alma por la cual se retiene y recuerda el pasado". Es un proceso mnésico por el cual se incorporan hechos, acontecimientos, conocimientos, etc. a nuestra mente para ir formando nuestra personalidad. El aprendizaje es parte de este proceso, la entrada de la memoria, la cual a su vez influye sobre el aprendizaje. Al final de la memoria están los recuerdos, es decir, el almacenamiento de lo que se ha percibido, vivido o sentido y que podemos evocar con la activación del recuerdo.

Aprendizaje, memoria y recuerdos están estrechamente unidos y con frecuencia se confunden en una terminología común. La memoria es un proceso dinámico de dos vías: una es el almacenamiento de sensaciones, sentimientos, cosas que hemos percibido, que hemos vivido consciente o inconscientemente. La otra vía es la de la recuperación de los recuerdos que activamos y actualizamos para usarlos en un momento determinado, para vivirlos al lado de otra percepción que extraemos de la realidad del momento en el que nos encontramos. La memoria es la base de nuestra personalidad. Somos lo que hacemos, lo que decimos, lo que nos pasa. Somos en cada momento la memoria de nosotros mismos.

Clases de memoria.
Los organismos animales adaptan su conducta a las condiciones ambientales del medio en que viven. Una parte de esa conducta está determinada genéticamente por las fuerzas selectivas de la evolución pero el modo más importante de adaptación de los seres vivos es el aprendizaje que determina en todo momento la conducta que debe adoptar frente al mundo exterior. El aprendizaje produce modificaciones plásticas en el sistema nervioso con lo que se establecen pautas duraderas en la conducta de los organismos. Lo que aprendemos queda retenido y almacenado en nuestro cerebro a través de la memoria, por lo que hay que considerar como elementos básicos de la vida animal la constitución genética, el aprendizaje y la memoria íntimamente unidos en la conducta y adaptación al medio ambiente. En el ser humano se han señalado distintos tipos de memoria que esquemáticamente se agrupan en dos grandes apartados: memoria perceptiva y memoria motora. La memoria perceptiva es la que recoge información del medio en que se vive y la incorpora en la memoria a corto plazo para ser usada inmediatamente o bien la guarda en la memoria a largo plazo de forma prolongada, a veces durante toda la vida del individuo de donde es extraída mediante el recuerdo. La memoria motora comprende el repertorio de actividades motoras de la conducta que en una parte son innatas, condicionadas por la constitución genética pero que en su mayoría han sido aprendidas por la práctica, por la reiteración y el perfeccionamiento progresivo de los movimientos a los fines propuestos (andar, comer, escribir, nadar, conducir un vehículo, etc.).

lunes, 4 de marzo de 2019

TOTALITARISMO

“Donde se queman libros se terminan quemando también personas".

Heinrich Heine




Desde el periodo de posguerra, y sobre todo a partir de los años setenta, el concepto de “totalitarismo” tuvo mucha difusión en los círculos académicos y la prensa, a partir de los años noventa se replicó en todo el mundo, hasta ser incluido en los programas escolares de Historia de la mayoría de los países que, hoy, conforman la Organización de Cooperación y de Desarrollo Económico (OCDE), sobre todo en los países occidentales. Este concepto tiene la pretensión de poder caracterizar a un cierto tipo de régimen sociopolítico que hace referencia a todo aquello que se origine o tenga una connotación que agrupa lo social, con lo político. Representa el cruce de dos ciencias, la sociología y la política, estudiando así los fenómenos, aplicaciones y estructura de la política generada desde una perspectiva social. Hoy se ha vuelto en una verdad absoluta y eterna en contra de la cual todo intento de crítica es considerado como una herejía, como un atentado a la razón y al sentido común o a la Democracia. La ortodoxia académica se ha encargado de excomulgar a cualquiera que se atreviese a dudar de los fundamentos de su dogma. Así se le denomina al siglo XX, como “El siglo de los totalitarismos”, al que sería opuesto el siglo de la “Globalización”, del “fin de la historia”, tanto teorizado por los intelectuales burgueses como Francis Fukuyama.


Obviamente el concepto de “totalitarismo” no es neutral, sino que corresponde a una cierta visión burguesa de la sociedad, de la política y de la cuestión de la libertad y del Estado. Hoy, cualquier Estado que use la violencia, reprima, publique una ley en contra de los migrantes, etc. puede ser calificado de “totalitario” o de fascista, es decir el concepto, con base en las características que presenta, puede ser usado para calificar a todos los Estados de todo el mundo y para todos los tiempos.

Se  destaca por ser un sistema en los cual un núcleo acotado tiene la totalidad del poder político, y a su vez éste se extiende a la totalidad de las esferas de la vida humana. Esta no es una acotación menor, históricamente las sociedades han generado por sí solas divisiones dentro de los gobiernos por un lado, y entre los gobiernos y otras esferas de sí mismas por el otro. Los totalitarismos son gobiernos con la capacidad y la intención de suprimir esas barreras de forma permanente.
El totalitarismo entra a la historia humana en el primer tercio del siglo XX, como observación de las prácticas de ciertos gobiernos muy específicos. Aunque es cierto que esos gobiernos a su vez tuvieron varias semillas en pensadores e ideólogos del siglo XIX, no existió ningún régimen totalitario hasta bien entrado el siglo XX. Esto no significa que no haya habido planteos similares al totalitario previo a la era contemporánea. Ese es sin duda un tema que merece varias investigaciones aparte. Sin embargo, existen razones específicas por las cuales la acotación temporal del totalitarismo es muy clara.

Una aproximación totalitaria a la sociedad está, por definición, enemistada con el minimalismo y el individualismo del liberalismo. De hecho, los sistemas totalitarios son el rechazo más polar que se conoce a la democracia como sistema de gobierno. La democracia o poliarquía, en su versión moderna, proviene del liberalismo, cuyas filiaciones son racionalistas, universalistas e iluministas. Las construcciones ideológicas que impulsan el totalitarismo, en cambio, se sostienen en planteos románticos, particularistas, nacionalistas e intuicionistas.

El totalitarismo se destaca por su supresión muy disciplinada de las libertades y derechos humanos. Estos van desde el derecho a la vida de los “indeseables”  definidos ideológicamente, hasta las libertades de expresión, asociación, reunión, desplazamiento, apariencia personal, y más. El libre ejercicio de ellos es la principal amenaza para estos regímenes, que por lo tanto solo los suprime con ferocidad. Este hecho, aunque pueda resumirse en pocas palabras, no deja de ser trascendental.
En una sociedad totalitaria, nadie puede ejercer libremente esas libertades, ni siquiera los miembros, el totalitarismo altera las reglas mismas de la vida en sociedad y lo que constituye ser un ciudadano. No se aplican más las limitaciones al poder político, ni la separación de éste en ramas ni la consecuente tolerancia social de la diversidad. En el totalitarismo no existen órganos a los cuales un ciudadano puede peticionar para ser resarcido por los actos de intolerancia del propio gobierno o de terceros.


domingo, 3 de marzo de 2019

RECONOCIENTO DE ROSTROS

“Cuando estás enamorado de alguien, 
estás enamorado de su rostro y se convierte en un rostro 
que no se parece a ningún otro.” 

Milan Kundera


Los seres humanos utilizamos una infinita cantidad de señales sociales para comunicarnos. Evidentemente, el rostro es uno de los que más valor de reconocimiento y comunicación aporta al lenguaje visual.

El rostro de una persona nos informa
Edad
Género
Raza
Ánimo
Emoción
Fiabilidad
Honestidad
Congruencia
Carácter
Reacciones
Interés
Etc.

El cerebro humano procesa las expresiones faciales en menos de 40 milisegundos, por esto el reconocimiento de las caras humanas es una de las habilidades visuales más esenciales, exactas y también una de las más practicadas.
Por supervivencia, nuestro cerebro ha desarrollado un área altamente especializada para esta tarea que es conocida como el área fusiforme, la que se localiza en regiones de procesamiento visual y se activa cuando tratamos de procesar información relacionada con la cara.



El procesamiento emocional es inconsciente, y para ello nos apoyamos en una estructura subcortical que es la amígdala (la amígdala esta casi en el centro del cerebro). La amígdala juega un papel fundamental en las decisiones basadas en emociones, incluyendo la activación de nuestra respuesta fisiológica y psicológica al miedo. El procesamiento de las caras es fundamental para saber sí podemos confiar o no en persona.


Estudios, resonancias magnéticas
Cuando “flasheaban” caras durante 33 milisegundos (lo que dura un parpadeo), se activaba primero la amígdala iniciando una respuesta emocional y más tarde se activaba la corteza visual en el área fusiforme provocando la respuesta consciente.

Área fusiforme es la zona del cerebro donde se produce el análisis selectivo de los rostros.  Cuando procesamos las caras, la expresión de los ojos es lo primero que analizamos, después la boca y al final la nariz.
Los ojos son los que nos dan la mayor información acerca del estado emocional.
La emoción que más fácil y rápido detectamos es la del miedo.
Las expresiones de felicidad son más lentas porque indica tranquilidad, poca amenaza, lo que desde el punto de vista evolutivo señala que nos podemos relajar y no necesitamos prestar atención tan rápido.

La vista es uno de nuestros sentidos más complejos. De hecho ocupa aproximadamente el 70% de la capacidad del cerebro cuando miramos (más que cualquier otro sentido) por esto cuando queremos concentrarnos en otro sentido, tendemos a cerrar los ojos, de esta forma aliviamos la carga del cerebro y así dejamos disponibilidad de procesamiento para los otros sentidos. Por ejemplo cuando queremos escuchar con atención alguna música en particular y degustar algún alimento, tendemos a cerrar los ojos.


Cuando salimos a la luz del día, la luz entra en el ojo a través de la córnea y las pupilas, lo que captan los ojos son formas compuestas de colores, degradé y todos los componentes que la visión nos permite. Esta luz pasa por la pupila y el cristalino, se enfoca atrás del globo ocular en la retina, hasta ahí son formas inentendibles, “solo es visión” que al igual que una cámara fotográfica solo trasmite luz. Desde aquí es dónde sucede la parte más sorprendente: las imágenes se reproducen al revés en la parte trasera del ojo (en la retina) y es donde la señal de luz se transforma en impulso eléctrico que viaja por los nervios ópticos hasta la zona de la visión en el cerebro (corteza visual).
La imagen llega al revés a la “corteza visual” (que está en la parte trasera del cerebro, en el sector de la nuca) es la zona de procesamiento de la visión y es ahí donde nuevamente se da vuelta la imagen para que no veamos el mundo al revés.
Una vez que la información llega a la corteza visual es captada y la corteza visual le dará sentido a la imagen, como por ejemplo nos permite la percepción real de aspectos fundamentales como la distancia, el color, la forma, la profundidad o el movimiento, y finalmente para darles un sentido conjunto.


Pero aunque este sistema es maravilloso, aun no podemos distinguir las caras, solo las vemos como si miráramos a las graderías de atiborradas de gentes en un estadio. Para poder discriminar entre un rostro y otro, entre uno conocido y otro o reconocer una cara, la información es analizada por área fusiforme, la que se localiza en regiones de procesamiento visual y se activa cuando procesamos la información para detectar rostros.
No te ha pasado que alguna vez que miras a una persona y no la reconoces?
No puedes decir que no la ves, tampoco que no le ves la cara. Lo que sucede es que tu área fusiforme (área de procesamiento de caras) ha quedado en Stand by, necesita más información para el reconocimiento igual como que cuando el celular queda pegado.


Efecto razas cruzadas
Se denomina “efecto de raza cruzada” a la tendencia de reconocer con mayor facilidad a miembros de nuestra propia etnia o raza.
En general los seres humanos somos muy hábiles reconociendo rostros, pero con la notable excepción de las caras de personas de otros grupos étnicos. Nuestro cerebro es mejor decodificando las características únicas de una cara cuando la persona pertenece a nuestro mismo grupo étnico, lo que hace difícil para nosotros identificar rasgos faciales específicos de personas de otras razas y grupos étnicos.
A medida que crecemos vamos relacionándonos con muchas personas, estaremos siempre alimentado a nuestro cerebro con lo que entra por los sentidos, en particular la vista, así aprendemos a reconocer emociones y estados anímicos de los otros,  además nos miramos al espejo prácticamente a diario, desarrollamos de esta forma una estrategia de reconocimiento y análisis facial rápida y con los suficientes “atajos cerebrales” para no gastar tanta energía mental.
El cerebro siempre está tratando de establecer pautas de pensamiento, de tal manera de crear caminos directos y suponer lo obvio, esta es una facultad de la cual se valen los magos e ilusionistas para engañar a nuestro cerebro.

Esta característica cerebral es muy importante cuando se establecen relaciones interpersonales. 
El año 2002 se realizó el siguiente experimento en una universidad de Estados Unidos:
Se seleccionaron 20 voluntarios varones y 20 mujeres.
Previamente se público las caras de cada uno de los voluntarios y voluntarias para ser analizados según su atractivo, la nota iba de 1 a 10, siendo 1 el menos y el 10 el más atractivo, fueron evaluados por más de 1000 estudiantes, los hombres fueron evaluados por mujeres y viceversa.
Después a los 40 voluntarios y según los resultados de su atractivo se les vistió completamente de negro, dejando solo la cara al descubierto y en sus cabezas un cintillo con el número que le habían asignado los 1000 estudiantes.

El experimento consideraba que nadie sabía su propio número, pero si podían ver el numero en la frente de los otros. Se les pide que se mezclen y elijan a las personas del otro sexo que les parezcan más atractivas.
Los resultados sorprendieron, los varones considerados más transactivas y buscaron parejas femeninas también consideradas las más atractivas, se relacionaron los números más altos. El mismo patrón se dio con los números medios y a su vez también con los números bajos.

Entre las conclusiones científicas se estableció que en general estamos tan habituados a analizar a las personas según nuestros propios patrones de reconocimiento, que nos es más fácil coincidir con rostros que de alguna manera tienen componentes más reconocibles por nosotros mismos y que vemos diariamente.
Por lo mismo la diversidad étnica nos hace relacionarnos con diversas características y empatizar con personas que agregamos a nuestro círculo de convivencia diaria.

Otra conclusión fue que por la misma razón vemos a todos los chinos iguales. Pero en realidad no son iguales, por ejemplo entre los asiáticos reconocen a los japoneses porque tienen los ojos más grandes que los chinos o coreanos. Los japoneses tienen su boca más ancha y los labios más finos.

Lo mismo le pasa a los asiáticos, para ellos un chileno, un peruano o un venezolano por ejemplo no evidencia mayor diferencia de fisonomía.


El efecto razas cruzadas refleja una especialización muy precoz en el reconocimiento facial.  A los tres meses, todos los bebés pueden identificar todos los rostros indistintamente, pero a los nueve meses han perdido esta capacidad y clasifican los rostros con características distintas dentro de una misma categoría. El cerebro se especializa muy pronto para procesar únicamente en detalle las señales más familiares, las personas tendemos a evaluar y juzgar a los miembros de nuestro propio grupo como mejores y más justos que los miembros de otros grupos. El significado del grupo se puede referir a la familia, compañeros de equipo en un equipo de fútbol, compañeros de clase y también diferentes razas y etnias.

Las dificultades para reconocer a personas de otras razas se deben más a una falta de convivencia con ellas que a sus características físicas y antropológicas. Distinguimos a los individuos de otros grupos étnicos en proporción a nuestro conocimiento y nuestro contacto con el grupo en su conjunto. Esto favorece la ilusión perceptiva que nos hace pensar "que todos se parecen entre sí o que son todos iguales". Al no convivir con ellos, no estamos habituados a reconocer a gente con esos rasgos faciales, no estamos entrenados para ello, nos cuesta un poco distinguir emociones.

Cuanto más interaccionamos con esos grupos étnicos empezamos poco a poco a desarrollar estrategias que nos permiten reconocer mejor ese tipo de caras. Pero aunque un occidental viviera en un barrio chino, seguiría sin distinguirles si no se relaciona con ellos. Para ello deben formar parte de nuestro entorno personal, de nuestra vida; debemos conocerlos y esforzarnos por distinguir entre uno y otro, pero como normalmente no tenemos esa necesidad de acercamiento los acabamos igualando a todos en un proceso que en psicología se llama estereotipia, un mecanismo muy común al que recurrimos porque no podemos asimilar toda la información al mismo nivel de especificidad.

viernes, 1 de marzo de 2019

PASEO LUNAR

“Y las noches que haya luna llena
Será porque el niño esté de buenas
Y si el niño llora
Menguará la luna para hacerle una cuna”


José María Cano



Siempre me ha llamado la atención esa esfera brillante que flota en el espacio; ingrávida o muy aparentemente ingrávida, seductora para poetas y escritores, para amantes nostálgicos o para crear fantásticas aventuras de hombres que se transforman. Aun así, la luna me conmueve cada vez que la miro, en ella mis pensamientos se abstraen y sus tenues rayos nocturnos invaden las zonas donde están guardados, casi olvidados y pixelados los recuerdos más lejanos, más viscerales y los que poco a poco se desvanecen.

Me contento y sueño con los que hoy forma mi vida, la luna ampara con su luz las siluetas de esas personas que amo, que tal vez sin saberlo… tal vez sin saberlo ellos y tal vez sin saberlo yo,  lo mismo que Manrique en “La leyenda El rayo de luna” me llevan en su embrujo cargado de magia, belleza pura y fascinación.

MEMORIA

“Somos nuestra memoria, 
somos ese museo quimérico de formas cambiantes, 
ese montón de espejos rotos.”

Jorge Luis Borges




Desde siempre la memoria ha sido objeto de la atención de filósofos, sociólogos, psicólogos, médicos, investigadores, etc. por ser un atributo fundamental de la mente humana. Se la describía como una de las potencias del alma, pero se la dejaba a un lado de la investigación científica que se centraba más en la atención, la percepción y el lenguaje. Para estas actividades se iba buscando una localización cerebral, siguiendo los descubrimientos de Broca que en 1861 describió cómo las lesiones que se producían en el lóbulo frontal del lado izquierdo del cerebro producían trastornos específicos del lenguaje. Vendría después la búsqueda afanosa de la localización de diversas funciones mentales que dio lugar a las fantasías de la frenología y a las descripciones de la predisposición a la criminalidad de Lombroso. Se discutía si la memoria era una capacidad mental particular o únicamente la capacidad auxiliar de otros procesos mentales.


¿Es la memoria una función de sistemas específicos del encéfalo?

¿Está localizada en un sitio determinado como la visión, el lenguaje o el olfato?

Durante bastante tiempo muchos psicólogos, principalmente norteamericano se resistían a creer que las investigaciones neurofisiológicas pudieran ser útiles para el estudio de la conducta humana. La llamada escuela conductista centró sus observaciones en el estudio de la conducta de los organismos y su relación con el entorno. Fue el psicólogo canadiense Donald Hebbe el que mediante experimentos en animales fue describiendo las bases neurofisiológicas del aprendizaje y de la conducta, la transmisión sináptica de los impulsos y sus modificaciones confirmando así las ideas geniales de Cajal.

El primero en demostrar que algunos de los procesos de memoria están localizados en el cerebro fue el neurocirujano canadiense Penfield al operar enfermos con epilepsia temporal. Desde entonces los conocimientos neurofisiológicos han avanzado considerablemente sobre todo en la pasada década del estudio del cerebro patrocinada por el gobierno norteamericano desde 1990. La genética, la biología molecular y las modernas técnicas de diagnóstico de imagen han impulsado considerablemente nuestros conocimientos sobre la memoria y sus bases neurofisiológicas. En la actualidad se están produciendo considerables avances en el conocimiento de las causas y mecanismos de muchas enfermedades neurodegenerativas como la enfermedad de Alzheimer, una demencia con graves alteraciones de la memoria y de la conducta de extraordinaria importancia para la humanidad por los graves y numerosos problemas que plantea.
Así empezaba Marcel Proust su famosa novela En Busca del tiempo perdido: “El sabor de la magdalena suscitó un vivo recuerdo de su infancia que volvía después de estar olvidado mucho tiempo”. La memoria es difícil de definir. La Academia Española la incluye como "potencia del alma por la cual se retiene y recuerda el pasado". Es un proceso mnésico por el cual se incorporan hechos, acontecimientos, conocimientos, etc. a nuestra mente para ir formando nuestra personalidad. El aprendizaje es parte de este proceso, la entrada de la memoria, la cual a su vez influye sobre el aprendizaje. Al final de la memoria están los recuerdos, es decir, el almacenamiento de lo que se ha percibido, vivido o sentido y que podemos evocar con la activación del recuerdo.

Aprendizaje, memoria y recuerdos están estrechamente unidos y con frecuencia se confunden en una terminología común. La memoria es un proceso dinámico de dos vías: una es el almacenamiento de sensaciones, sentimientos, cosas que hemos percibido, que hemos vivido consciente o inconscientemente. La otra vía es la de la recuperación de los recuerdos que activamos y actualizamos para usarlos en un momento determinado, para vivirlos al lado de otra percepción que extraemos de la realidad del momento en el que nos encontramos. La memoria es la base de nuestra personalidad. Somos lo que hacemos, lo que decimos, lo que nos pasa. Somos en cada momento la memoria de nosotros mismos.
Clases de memoria. Los organismos animales adaptan su conducta a las condiciones ambientales del medio en que viven. Una parte de esa conducta está determinada genéticamente por las fuerzas selectivas de la evolución pero el modo más importante de adaptación de los seres vivos es el aprendizaje que determina en todo momento la conducta que debe adoptar frente al mundo exterior. 

El aprendizaje produce modificaciones plásticas en el sistema nervioso con lo que se establecen pautas duraderas en la conducta de los organismos. Lo que aprendemos queda retenido y almacenado en nuestro cerebro a través de la memoria, por lo que hay que considerar como elementos básicos de la vida animal la constitución genética, el aprendizaje y la memoria íntimamente unidos en la conducta y adaptación al medio ambiente. En el ser humano se han señalado distintos tipos de memoria que esquemáticamente se agrupan en dos grandes apartados: memoria perceptiva y memoria motora. La memoria perceptiva es la que recoge información del medio en que se vive y la incorpora en la memoria a corto plazo para ser usada inmediatamente o bien la guarda en la memoria a largo plazo de forma prolongada, a veces durante toda la vida del individuo de donde es extraída mediante el recuerdo. La memoria motora comprende el repertorio de actividades motoras de la conducta que en una parte son innatas, condicionadas por la constitución genética pero que en su mayoría han sido aprendidas por la práctica, por la reiteración y el perfeccionamiento progresivo de los movimientos a los fines propuestos (andar, comer, escribir, nadar, conducir un vehículo, etc.).

PEDRO PRADO - MI PADRE

"No es magnífico ser arrasado por el asombro
Frente a la presencia de tu padre.
Ningún otro Odiseo vendrá jamás, ya que él
Y yo somos uno solo, el mismo."

La Odisea, Homero
Libro XVI


“Todo lo que vemos hermoso en lo que nos rodea
ya es bello en nuestro corazón.”


Maeterlinck, La Sagesse et la Destinée





El autor del siguiente ensayo es el escritor, pintor y arquitecto chileno Pedro Prado Calvo.



Mi Padre

Al lado de un hospital, vecino a un cementerio, viví mi niñez y juventud, solo con mi padre.  Tenía dos años apenas cuando mi madre murió. ¿Cómo podría en verdad recordarla?  ¿Y cómo podría en realidad olvidarla?

La recordaría sin recuerdos, la vería sin imágenes, la sentiría en las caricias que no llegaban, en el refugio que no tuve, en el sostén del cual quedé desposeído, en la tristeza que no podría ser compartida y en la alegría que no podía ser centuplicada.
La madre se continúa en sus caricias y con ellas termina de modelar a su hijo. Pero sería yo, el hijo, quien debería crear a su madre; madre toda hecha de caricias constantes, yo le terminaría de modelar con mis goces sin eco, mis dolores sin apoyo y mis caricias imposibles.
Los amores humanos a humanos seres, por grandes que sean, alcanzan, fatalmente, demasiado pronto sus límites; los amores humanos a los seres que en alguna medida van dejando de serlo, pueden extenderse en una libertad sin medida.
Y fue así como, sin saberlo, pasó mi madre a ser como mi hija, y a mi vez pasé a ser como el hijo de mi propia y primigenia creación.

La creé con toda la gracia que siempre me será ignorada y con toda la ternura que siempre será desconocida.  Y continúe así hasta que ella concluyó por rodearme completamente y todo lo vi teñido de su absoluta transparencia. La tuve siempre en torno mío como propia y dilatada emanación. Como un hijo que se gesta en las entrañas carnales, mi madre alimentó su esencia en lo mejor de mi espíritu, y toda mi vida se resintió de ese esfuerzo gigantesco, en el cual parecía engendrar mi propio origen.
Contadísimos hombres lo comprendieron; y muchas mujeres, con sólo sospecharlo, terminaron por callar y alejarse, a la vez sigilosas y prudentes.
Nadie ama con facilidad a los que concluyen por bastarse con su soledad y con ella viven, conversan, sonríen y disfrutan satisfechos.
Desde entonces tuve conmigo, a la vez, el goce de la soledad y el de la ternura; me sentía débil y desposeído, al mismo tiempo que fuerte y acompañado. Hablaría conmigo mismo como si me arrullara, y luego escucharía absorto y embelesado como si me estuviera enseñando. Tan cercano tendría el goce de la pena, que mis risas repentinas sorprendían mi rostro, todavía cuajado de lágrimas detenidas.

--- Pedro, ¿duermes?
Yo callaba. No deseaba contestar.
           
Mi lecho estaba al lado del lecho de mi padre. En la oscuridad, antes de dormir, por largo rato, mi padre gustaba de hablar conmigo, y yo gustaba de hablar con él.
No eran conversaciones entre padre e hijo. Eran voces alucinantes, nacidas de la sombra y que a la sombra volvían, siempre como desencarnadas. Así aprendí desde mi  primera infancia a conocer y a emplear esa voz desconocida y olvidada que brota en nosotros cuando la oscuridad nos penetra y libera. Y así lo hicimos por largos años.
Y era gratísimo realizarlo; era como alcanzar la mayor desnudez; desnudez que proseguíamos después de habernos despojados de nuestros vestidos y actitudes. Y así adquirí el uso de esas partes ignoradas de la conciencia, que sólo se iluminan si actuamos en la atmósfera que las sombras alimentan. Y hablando, hablando penetraba en el sueño; y durmiendo hablaba, y aun andaba. A veces volvía en mí, lejos, lleno de pavor. Pero mi padre acudía y me traía al lecho, mientras yo permanecía largo rato despierto, turbado de no comprender.
Y como mi padre era extraordinaria e increíblemente fuerte, yo le admiraba, porque los niños admiran ante todo la fuerza. Y como era decidido y valiente, le admiraba aún más; porque el valor engrandece. Y como era activo y laborioso, le seguía sin descanso; porque nada embruja tanto a los niños como la labor ajena. Y como era justo y tenía la bondad enérgica y segura, sus caricias adquirían una potencia profunda.

Muchas veces, en la noche, le sorprendí despierto e inquieto.
--- ¿No duermes?
---No puedo dormir.

Solo ahora veo que cometí una injusticia y debo, con vergüenza, repararla.

Entonces mi admiración llegaba hasta el asombro al ver que ese Hércules de mi padre fuese capaz de vencer los pequeños pensamientos que él mismo extraía de la noche que nos cercaba.
Muy de madrugada, oscuro aún, solía yo medio despertar cuando él se levantaba para ir a nuestra chacra.

--- Continúa durmiendo (me ordenaba)

Pero como su caballo era blanco, yo veía su claridad cuando cruzaba al galope bajo mi ventana. Y sentía un gratísimo reconocimiento por el resguardo que me había prestado durante el peligroso reinado de la noche vencida. Y, sonriente, obedecía la orden de proseguir durmiendo, cobijado por la languidez, dulzura y seguridad del alba.
           
--- Defíname qué es el bien --- le pregunté un día en el que me sentí orgulloso después de leer los primeros libros de pretensiones filosóficas, libros que debiera seguir leyendo durante tantos años.

--- ¿Definir el bien?  ¿Sabes lo que pretendes?  Suena como otra palabra cualquiera; pero no es una palabra, es algo vivo, acaso más vivo que nosotros mismo. Espera... diría que el bien es una alegría que ya sentimos antes de hacerla; que la sentimos cuando la estamos ejecutando; que la sentiremos después que haya sido hecha; alegría que nos acompañará cuando la recordemos y aun después, cuando la hayamos olvidado. Es una alegría que existe entes de venir nosotros a la vida y continúa después de haberla abandonado. ¡Es más grande que nosotros!

Usaba palabras vivas. A las palabras vivas no se las puede recordar porque pasan pronto, como las del amor, alimento puro, a ser vida en nosotros. La vida es un olvido oscuro de las palabras vivas. Mil palabras de mi padre se han confundido conmigo. No las recuerdo todas, tal vez solo las vivo.
Otra vez, mi padre, siempre fuerte, triste y laborioso, me pidió que lo acompañara a una fiesta que se celebraba en el campo, bajo grandes árboles. Como eran muchas las gentes que lo querían, todos nos rodearon cuando llegamos. Al término de la fiesta, después de haber cantado una hermosa joven, que con el tiempo se haría famosa, por su arte y simpatía, mundialmente famosa, pidieron por broma, alegremente, que mi padre, cantara. Mi padre callaba sonriente, y yo sufría de ver sometido a mi gigante a esta prueba absurda. Pero, con asombro de todos, mi padre cantó. Cantó con una voz limpia, llena, honda y emocionante, que hizo nacer en todos un escalofrío de tristeza, calofrió que no he podido olvidar nunca. Jamás antes le había oído cantar, y en adelante no lo oiría otra vez.
Pero desde aquel día lo amé más, como si pudiera amarlo más amándolo honda y secretamente, al sospechar que él guardaba en su interior riquezas y milagros desconocidos, causados por su silenciosa tragedia.
           
Pero mi padre enfermo gravemente. Una tarde me dijo: “viviré quince días. Recuérdame, después, cuando me necesites”. Y murió el día preciso por él fijado. Murió dando una gran voz que pedía su caballo blanco. Después, espontáneamente, desengancharon los negros caballos de la carroza, y tiraron de ella hasta el cementerio.

Fue excesivo mi dolor para ser solo llorado.
¡Y no había más que lágrimas! De una sola vez se llevaron con él todo: a mi padre, y en su melancolía, la presencia de mi madre, que en las tardes yo veía aparecer en la luminosidad húmeda que surgía de sus ojos; y se llevaron con él a mi hermano mayor, como él gustaba que le llamase; y a un Hércules increíble que yo solo, sólo yo poseía; y a un compañero único, fiel y constante; y a un maestro, a un gran maestro ignorado y misterioso que me enseñó, sólo con su amor, a emplear y ampliar desde niño el registro de nuestra pobre y limitada conciencia humana.
Creí enloquecer. Como un desatentado fui al Norte, y me robaron, y fui al Sur, y, sin rumbo, atravesé varias veces las cordilleras australes, hasta volver, por fin, del Nauquén, como si despertara  de una pesadilla, convertido en un simple e infeliz arriero.

Lenta, lentísimamente pasaron dos años antes de ordenar los escombros de la hecatombe.
Fue desde entonces que el que antes atravesara, semi consciente, la frontera de la vigilia y el sueño, y el que con su ejercitada emoción creadora forjó a su propia madre, quien comenzó, en su desesperación, a ejercitarse entre las fronteras de la vida y la muerte: “Cuando me necesites, recuérdame”, me había dicho. Y principié un amplísimo juego, como si yo pudiese ir de uno a otro extremo, sin cambiar; como si fuese participando, poco a poco, de un mundo nuevo, de una dimensión inexpresable; como si estuviese muerto en vida, y como si mi vida fuese capaz de vivificar la misma muerte.